Rodrigo Ocampo Ossa
Como respuesta a las ideas del Renacimiento y la Reforma Protestante que se expandían como pólvora por Europa en el siglo XVI, en 1559 se tomó la urgente medida de prohibir ciertos libros considerados peligrosos para la moral y las buenas costumbres. Ese fue el origen del “Indice” que perduró hasta 1966 cuando fue suprimido por orden del Papa Pablo VI. Pero su filosofía, proteger a personas inocentes de influencias indebidas, ha sobrevivido en la era moderna con variantes no menos horrorosas que las quemas de libros propiciadas por Savonarola en Italia, Torquemada en España o los Nazis en Alemania. La creciente ola de indignación contra las redes sociales, calificadas también de peligrosas para la moral y las buenas costumbres, pero peor aún, ser gravemente difusoras de la mentira, está abriendo el camino a la legislación que pretende revivir el “indice” limitando el uso libre de la información. Australia y Francia ya tienen leyes que controlan el acceso de los menores a las redes sociales y en Colombia cada día aparecen nuevas propuestas para proteger a la juventud de tan nefasta tecnología. Si a esto se suma el miedo que está despertando la inteligencia artificial, en un plazo muy breve tendremos sobre la mesa la propuesta de crear un “Ministerio de la verdad” al estilo del que describe Orwell en su libro 1984 para que solamente un selecto grupo de elegidos pueda usarla. De seguro nos protegerá de saber cosas inconvenientes y permitirá que gobiernos sabios y bondadosos nos digan cómo debemos pensar sin necesidad de usar “bodegas” ni pagar “influencer”. Todos los dictadores lo saben; la primera medida para perpetuar su dominio es controlar la información.
