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sábado, mayo 18, 2024

El fin de los oradores

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Alfonso Gutiérrez Millán

Columnista

Si el siglo pasado fue el paraíso de los grandes oradores tal parece que el presente presenciará el entierro definitivo de ese tipo de elocuencia:  a las puertas de la tercera década solo quedan en ese delicadísimo ejercicio de masas personajes definitivamente mediocres como el presidente de México Andrés López Obrador, quien ha cambiado  los discursos por unos minutos diarios en la TV para identificarse con sus paisanos  mediante el uso de una jerga tradicionalísima que lo mantiene vigente.

Porque el siglo XX fue el paraíso de los grandes oradores de masas. En Italia se destaca Mussolini, dueño de unas dotes de orador que fueron captadas en sus tiempos de estudiante en ese país nada menos que por Jorge Eliecer Gaitán, el más exitoso de los oradores de nuestra historia. Y en aquel tiempo también tuvimos grandes oradores parlamentarios, como el poeta Guillermo Valencia o Laureano Gómez, además del antioqueño “ñito” Restrepo. En mi época de universitario pude conocer de manos de mi compañero de facultad, Omar Yepes, nada menos que el discurso de ese verdadero mostruo contra don Román Gómez, un cacique antioqueño que tuvo la desgracia de caer en las garras laureanistas y terminó siendo comparado en el capitolio nada menos que con Crispin, ridículo personaje del italiano Jacinto Benavente.

Otro gran orador, desafortunadamente perdido cuando apenas empezaba su carrera política fue Gilberto Alzate Avendaño. Uno de sus discursos contra los seguidores de Laureano en la cámara de representantes fue gravado por amigos de Omar con los precarios medios qué existían en la década del 60 para delicia de unos estudiantes que nos reuníamos a escuchar esos manjares en las vecindades del club Manizales.

Y en Pereira también existieron buenos oradores. El mejor de todos fue, sin lugar a dudas, el poeta Luis Fernando Mejía, quien realizó en el concejo municipal y en la plaza pública  agudos debates que conmovieron definitivamente a  una clase dirigente que llevaba décadas   soportando la hegemonía del cacique liberal Camilo Mejía Duque, y de su socio conservador  Jaime Salazar Robledo.

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