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jueves, julio 25, 2024

El fetichismo del poder

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Gonzalo H. Vallejo A.

Columnista

Algunas efemérides decembrinas quedaron registradas en la amnésica memoria universal. El nacimiento y muerte del zar Alejandro I (1777-1825) y de los dictadores José Stalin (1879), Anastasio Somoza (1925) y Francisco Franco (1892). Las fatuas coronaciones de Carlomagno como “rey de Occidente” (800), de Napoleón como emperador de Francia (1804) y de Hirohito como monarca del Japón (1926) y las muertes de George Washington (1799), el cura mejicano José Morelos (fusilado en 1815), el “libertador” Simón Bolívar (1830), el sionista David Ben Gurión (1973), el ácrata y genocida rumano Nicolae Ceausescu (1989), el déspota Sadam Hussein (2006) y el dictador norcoreano Kim Jong-il (2011). Sus rutilantes vidas son un ruin testimonio de la absurdidad del poder, el sino tragicómico del liderazgo y el anodino devenir de la condición humana…

Seres humanos convertidos en fetiches que alimentan los vanos idearios de una grey sedienta de caudillos y gregarismos; estereotipos políticos que resuelven maliciosamente las inciertas ecuaciones del poder, con esa sumatoria ruinosa de incógnitas y coeficientes donde se combinan astucia, demagogia y fuerza (“si no los convences, sedúcelos, confúndelos o fuérzalos”) … Todo ello forma parte de esa patética parodia donde se vedettizan individuos, movimientos o grupos que cautivan, excitan, obnubilan y/o enajenan. El poder es un arma de doble filo como la famosa espada damocliana; una fiera a la que se domestica para terminar siendo devorado por sus fauces (Kennedy); tal vez, una dramática síntesis del dilema tagoriano: ser la rueda o la víctima aplastada por ella, o quizás, el fatal desenlace de una tragedia al estilo de Esquilo, Sófocles o de Shakespeare.

El poder viene siendo la trama y urdimbre de ese drama síndrómico donde se muere a manos del monstruo engendrado por nosotros mismos, como en la novela de Mary Shelley (“Frankenstein”). “Dadle poder a un hombre virtuoso y pronto lo veréis cambiar de actitud”, así rezaba el célebre rezongueo herodotiano. El psicoanálisis Freudiano se refiere a la excesiva confianza que las masas han depositado en sus gobernantes con el fin de descargar después, sobre ellos, sus (socio) psicopatologías culpándolos de sus angustias, fracasos y pesadumbres. En ciertos países africanos, a manera de ejemplo, se celebraba desde tiempos inmemoriales un raro ritual: al morir el soberano, el consejo tribal se reunía con el fin de designarle un sucesor. Aquél sobre quien recaía la elección era atado, vigilado y azotado hasta que declarase estar dispuesto a aceptar tan dura y acre responsabilidad.

El pérfido influjo del poder con toda su carga hipnotizadora y alienante, se evidenció hacia la década de los treinta: un grupo de pintureros y desadaptados mozalbetes de la clase media manizaleña, autodenominados “Los leopardos”,  desfilaba con sus camisas negras por las empinadas calles de la fría ciudad, rindiéndole tributo a tres personajes siniestros (Hitler, Mussolini y Franco), al compás de la música wagneriana, los crípticos zaratustrianos de Nietzsche, los panegíricos nacionalistas de Charles Maurras y la flemáticas arengas fascistas de Gabriele D’annunzio. En esta reflexión sobre el absurdo y mítico sentido del poder, traemos el sentido llamado hecho por el escritor mexicano Carlos Fuentes (“Educación. la Agenda Siglo XXI”. PNUD): “Eduquemos a los latinoamericanos para ejercer el poder… (¡Ojo!) no el poder sobre los demás, sino el poder con los demás”.

www.gonzalohugova@hotmail.com

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