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jueves, febrero 22, 2024

El embeleco de la semana

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El comportamiento infantil de la vicepresidenta y ministra de la Igualdad, Francia Márquez, parecía explicable por una deprivación social dadas las condiciones miserables de la región sometida a los intereses de guerrilleros y bandas criminales en que creció.

Eso explicaría sus declaraciones infantiles de las que nunca se retracta o por las que no presenta disculpas a “este País”. Que Colombia importa huevos, papas y yucas de Alemania; que el servicio de salud cubana es mejor que el nuestro o que es mejor enviar a nuestros jóvenes a estudiar medicina a La Habana; que debemos aprender suajili para comunicarnos con Kenia, cuando allá el inglés también es idioma oficial; que seguirá mercando en su helicóptero, aunque eso moleste a las oligarquías de “este país”, palabras que siempre pronuncia con una mueca de desprecio.

Es más difícil explicar el comportamiento infantil de Gustavo Petro, inclusive para quienes hemos leído su biografía, “Una vida, muchas vidas”. Solo un niño estaría dispuesto a poner en peligro la atención en salud de millones de colombianos simplemente por darse el gusto de derogar la Ley 100 de 1993 porque su “enemigo”, el expresidente Álvaro Uribe Vélez, fue ponente, pero cuyo algoritmo fue elaborado en una prestigiosa universidad norteamericana.

Se fue a la China a ponerle quejas a Xi Jinping porque Claudia López no quería modificar el trayecto del metro de Bogotá. Cuando la Corte Constitucional tumbó la parte de su reforma tributaria que buscaba llevar a la quiebra a algunas compañías mineras por un capricho ecológico, decidió vengarse y prometió que “por la pica” rebajaría el salario de todos los jueces, “planto, remacho y no juego más”.

Después de inhalar varias dosis de su adicción cafetera, como le recomendó el presidente de El Salvador, Nayib Bukele, lanzó por medio de su ministro de Justicia el embeleco de la semana: un decreto que autoriza los cultivos de coca y amapola (la planta de la que se extrae la heroína) para producir cosméticos, fertilizantes, plásticos, pinturas y comestibles. 

Inmediatamente el editorial de El Espectador lo invitó a que pensara como un adulto: “Las buenas intenciones se pueden convertir en otro espacio de la ilegalidad”. Lo que sin duda pasará si ese adefesio llega ingresar a nuestro ordenamiento jurídico y si nuestra Corte Constitucional no lo tumba, como esperamos los colombianos no adoctrinados para apoyar las travesuras de un niño con una cultura folletinesca y maniquea.

A pesar de las promesas del servil ministro en el sentido de que los controles serán extremos para evitar la distorsión del uso de esas matas que matan, nadie, en ninguna parte del mundo, le cree tanta ingenuidad. Se trata de darle gusto al niño que manda en Colombia para que no se disguste y no rompa el jarrón. No hay estudios de factibilidad ni relación del riesgo; en ningún país se ha probado medida tan absurda. Nuestro territorio se inundaría de coca y heroína, y el crimen continuaría en el poder.

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