El dolor de la perla

Carlos Andrés Hernández

El 10 de agosto dejará huella definitiva para los pereiranos, una huella difícil de borrar, donde después de muchas décadas, los que vivimos esta dolorosa tragedia en el caso de perdurar en el tiempo, podremos dar testimonio fehaciente de lo ocurrido a las nuevas generaciones. El terremoto ha partido en dos la historia y el corazón de la ciudad. Lo que hubo construido a partir del amor y lo que ha de venir, vestigio de una nueva ciudad. Mucho de lo que se construyó con el amor y civismos se ha borrado con un solo soplo de la tierra. Se ha ido los hogares de muchas familias, construidos con esfuerzo y dedicación, los negocios y empresas sustento de muchos pereiranos que esculpieron el progreso y la vocación comercial de la ciudad, sus edificaciones arquitectónicas e históricas forjadas por nuestros ancestros, los espacios de sociabilidad donde por años fue punto de encuentro, tinteadero y charla de los pereiranos. Lugares emblemáticos orgullo para los pereiranos se han ido, se han desmoronado, la calle del tuvo, punto de encuentro y tertuliadero donde muchos contaron historias, la calle del encuentro, la iglesia Claret construida a principios del siglo XX, la del perpetuo socorro en la Elvira, la calle 16 y sus casa arquitectónicas donde se encontraba la ferretería Delima, testigo fiel del asentamiento de los fundadores, el mural de Lucy tejada en el antiguo seguro social,  el edificio Invico, punto de encuentro y cerveceadero de los jóvenes de finales de década de los 80s y 90s, barrios y conjuntos emblemáticos y tradicionales de la ciudad afectados total y parcialmente como providencia, centenario, La lorena, las garzas, pinares, álamos y la circunvalar. Colegios y centros educativos donde muchos crecimos y nos formamos, están en cuidados intensivos, así como nuestro emblemático hospital San Jorge, producto del civismo y la colecta de los pereiranos. Caminar el centro es muy triste, después de muchas décadas, se encuentra solo, lacónico, herido; en medio del polvo y los escombros, los pereiranos y los comerciantes damnificados observamos con cabeza baja y mirada triste desde una esquina, como las maquinas se llevan lo poco que queda, se llevan la alegría, el empuje y el bullicio de lo que un día fue, de lo que la tierra se nos lleva sin un Adiós. Se fue el cafetín, la milonguita, parte del pavo y muchos sitios más, testigos por décadas de la bohemia y alegría nocturna de los pereiranos. Cómo nos duele la perla, como duele su gente, sus familias, sus comerciantes y emprendedores, su gente buena de mirada cálida y voz amable, como nos duele sus espacios de sociabilidad, amorosos y alegres, el recuerdo de lo construido por los titanes que nunca volverán. Mucho se ha ido con un soplo este 10 de agosto, mucho por designios se lo ha llevado la naturaleza,  no será fácil comenzar de nuevo, posiblemente nos falte el aliento y como dice el maestro Alejandro Lerner, a pesar que pase el tiempo y llegue el silencio y la soledad y se siente la incertidumbre de no saber en qué lugar se anidaran sueños nuevos, siempre habrá una mano para volver a empezar, porque los pereiranos somos grandes, nos levantaremos de las cenizas, porque aun no termina el juego y no se apaga el fuego y los pereiranos sabemos cómo a pesar de las dificultades, seguiremos atravesando miedos, los superaremos y nada nos detendrá, porque queda mucho por andar. Dios bendiga los Pereiranos.

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