16.4 C
Pereira
miércoles, abril 17, 2024

El dilema ético del dolor

Es tendencia

- Advertisement -

Rodrigo Ocampo Ossa

Columnista

El pasado 23 de noviembre se alcanzó en Estados Unidos la cifra récord de sesenta y un mil millones de dólares para un fondo de compensación de las víctimas de los medicamentos opiáceos promovidos  en forma engañosa por grandes farmacéuticas. Es el resultado no definitivo  del litigio iniciado contra Pardue Pharma y sus propietarios, la familia Sackler, por los daños  causados a la salud pública, entre los que cuentan  cuatrocientos mil muertos, destrucción del tejido social y un enorme sobrecosto para el sistema de salud pública. La otra cara de la moneda es que los opiáceos han permitido a millones  de personas con dolores crónicos severos llevar una vida relativamente normal que sería imposible sin esos analgésicos. Prohibir su uso condenaría a  pacientes con enfermedades terminales o causantes de  dolores incapacitantes a soportarlos por culpa del uso abusivo  de otros, algo inhumano a primera vista. En el caso del “Oxicontin” que dio origen al debate, es claro que no se  trata de una sanción al producto, apenas uno entre muchos analgésicos opiáceos en el mercado, sino al engaño de promoverlo como no adictivo  y por tanto rebajar el grado de restricción  para promover su venta a sabiendas de que no era verdad. Ante  estos hechos queda sobre el tapete la discusión de cuál debería  ser la intervención del Estado por  el consumo de “drogas”. Hay países como China donde por razones históricas, La guerra del opio impuesta por  los ingleses a mediados del siglo XIX para envenenar deliberadamente a los asiáticos, existe una posición radical; el tráfico se castiga con la muerte. Otros, como Los Países Bajos, la toleran y administran con un buen resultado. Ahí aparece que  el  punto  central de discusión, aplicable a otros hechos como el porte de armas o el consumo de alcohol, es si se debe restringir la libertad de todos por el abuso de algunos. Se dirá que con las drogas se trata de enfermos que no tienen libre albedrío y deben ser protegidos, pero ¿el alcohol?  Bueno, con ese se intentó la prohibición y fue un desastre, mejor borrachos que borrachos y corruptos. Y ¿las armas?. Es que hay que proteger la vida como valor superior. Entonces, con la misma lógica se deberían  prohibir los vehículos que causan tantos muertos. En conclusión, cualquier remedio que limite la libertad es peor que la enfermedad. Cada uno debe ser libre de decidir cómo enfrentar  su  dolor sin la anuencia de un funcionario público o religioso.

Para estar informado

- Advertisement -
- Advertisement -

Te puede interesar

- Advertisement -