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viernes, julio 19, 2024

El día que Dios murió

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Iván Tabares Marín

Columnista

El 1 de noviembre de 1775 murió Dios. Ese día, consagrado por ironía a celebrar a todos los santos del cristianismo, un terremoto de 9 grados, seguido por un tsunami y un gran incendio, destruyó la ciudad de Lisboa. Los efectos del tsunami llegaron a África y al Caribe para que todo el mundo se enterara de la desgracia. El mal dejó de ser compatible con la teología: si el mal existe, Dios no.

Ese año Europa estaba en plena Ilustración, el movimiento cultural que preparaba una nueva organización política sin espacio para Dios. El Dios del evangelio fue sustituido por un simple Arquitecto que construyó este mundo y lo olvidó. Como si los filósofos sintieran vergüenza del crimen que cometían, decidieron llamar la nueva secta “deísmo” para no negar a Dios abiertamente, pero lo dejaron herido de muerte.

Uno de los más grandes pensadores, tan prusiano o alemán como el cura Lutero, decidió por aquellos días que es imposible probar la existencia de Dios con la ayuda de la razón, pero había que suponerlo para dar fundamento a la moral y evitar que nos matáramos entre nosotros. Era Emanuel Kant.

En 1789 se inició el gran acontecimiento de la Revolución Francesa que sin ningún recato echaría por la puerta de atrás a un Dios mal herido sin capacidad de defenderse. La democracia usurpó el trono de Dios y sentó en él al ridículo homo sapiens. Ya no se hará la voluntad de Dios, sino la de ese monigote que se pensó libre y dueño de la creación sin imaginarse que apenas “viviría” siglo y medio. Si Dios no existía como sujeto del acontecer humano, mucho menos el nuevo pedante sujeto de pacotilla. Cuando Lutero sembró el virus de la soberbia en los humanos y los imaginó sujetos capaces de entenderse con Dios, puso las bases de la Ilustración.

Un siglo después de la Revolución Francesa, F. Nietzsche lanzaría un grito de dolor: “Dios ha muerto, y nosotros lo hemos asesinado”. El protestantismo había abierto también la salida de la religión al ateísmo. ¿Qué dará sentido a nuestras vidas? Cuando moría Nietzsche, nuestra Constitución de 1881 entregaba la educación y la cultura al poder de la iglesia católica hasta 1959 cuando se lo arrebató el marxismo.

Mientras los nazis asesinaban seis millones de judíos en los campos de concentración, y los bolcheviques a millones de inocentes, dieron el último golpe a Dios agonizante y al mismo tiempo mataron al sujeto humano. No hay sujeto humano ni divino. Eran mitos.

En otra de esas ironías que produce la historia, llegó internet para que todos entendiéramos, por fin, que no somos más que algoritmos reducidos a burdas mercancías para esclavizarnos y enriquecer a Google, Amazon, Facebook, Twitter, Instagram. Todo los que se ha escrito hasta ahora dejó de tener sentido y nos encontramos en una encrucijada completamente desorientados.

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