Iván Tabares Marín
La izquierda colombiana está desesperada tratando de encontrar elementos para cuestionar el gobierno de ADLE; pero como no los encuentra en las acciones y reformas emprendidas por el “Tigre”, se pega de cualquier vocablo de los funcionarios del gobierno para lanzar sus ridículos ataques. Julián de Zubiría comenzó con el cuento de que Abelardo va a borrar del mapa a los homosexuales, luego, Rodrigo Uprimny tituló “Borrar al campesino” y la matrona de la izquierda colombiana, Cristina de la Torre, tituló: “Borrar del mapa al campesino”.
De Zubiría se refería, con su borrador de los homosexuales, a la batalla cultural del Tigre contra el enfoque de género o el transgenerismo posmoderno, campaña iniciada por el MEN, Ministerio de Educación Nacional. Es obvio que no se trata de acabar con los homosexuales, sino de suprimir la influencia de esa perversa ideología que se viene apoderando de la educación desde cuando el Acuerdo de Paz convirtió en norma constitucional esa basura. La mayoría de los homosexuales no aceptan el transgenerismo, no juegan en esta historia y la batalla cultural del Tigre no es contra ellos.
El “borrador” del campesino se relaciona con una declaración del ministro de Agricultura Indalecio Dangond quien, no solo es experto en la materia, sino también compañero de sus críticos como columnista de El Espectador hasta el día en que se posesionó en el ministerio. Declaró Dangond que el gobierno de ADLE llamará a los campesinos “pequeños empresarios del campo”. Peor fue la acusación lanzada contra el ministro por Allinson Benson Hernández en el mismo medio. Escribió que Dangong padece de una fobia contra los pobres o que es “aporofóbico”. Es decir, no solo tiene una fobia contra los campesinos, sino también contra los pobres de la ciudad.
El abogado Uprimny se inventó seis causales discutibles, por no decir ridículas, para desvirtuar las declaraciones del ministro de Agricultura: porque la palabra “pequeño empresario” parece despectiva; por sus implicaciones estadísticas; porque es jurídicamente inaceptable; porque es un error conceptual; porque es una injusticia en términos de memoria; por su impacto político: borrar al campesino del lenguaje es desconocer que es sujeto de derecho.
La matrona De la Torre llevó sus elucubraciones al extremo: “¿Querrá negarse, por enésima vez, la entrega de tierra al campesino (sin la cual no puede existir economía campesina), sacrificarse el modelo alternativo a la producción agroindustrial de materias primas en gran escala? ¿Negar por enésima vez la reforma agraria (…)?”
Es muy probable que el ministro de Agricultura Indalecio Dangond no tenga las intenciones perversas que le atribuyen sus críticos de izquierda al llamar “pequeño empresario” al campesino; por el contrario, la expresión parece exaltar su condición. El fracaso de la reforma agraria no puede atribuirse a una denominación, sino a factores como las condiciones económicas mundiales, el poder de las organizaciones criminales, la geografía del país y las exigencias para que nuestros productos sean competitivos. Cuando faltan argumentos serios, se recurre a la interpretación caprichosa de una palabra.
