19.7 C
Pereira
jueves, febrero 22, 2024

El arte de envejecer

Es tendencia

UTOPIAS

- Advertisement -

Gonzalo H. Vallejo A.

Columnista

Volverse viejo se nos ha convertido en una trama y urdimbre hipocondríaca zurcida a base de rezongueos y quejumbres. Sabemos que ha llegado la vejez, no solo porque se ha hecho más tarde de lo que pensábamos, sino porque ha llegado mucho antes de lo que sospechábamos. Creíamos vanamente que con la edad llegaba la sabiduría y terminamos constatando que, muchas veces, aquella simplemente viene sola. El mañana lo volvimos depósito y pretexto (sin contexto), para guardar ese sinnúmero de cosas que deberíamos haber hecho ayer, siempre dejando para “otro día” lo que sabíamos que hoy ni jamás lo haríamos. Tememos a la soledad porque en esa dimensión quizás muchas veces no encontramos nada que decirnos o simplemente evitamos hacerlo porque la autocrítica se vuelve una espada de Damocles y no la aceptamos por un prejuicioso acto de falso pudor.

Queremos ser aquel que nuestro padre nunca fue ni quiso que fuéramos. Deseamos que nuestros nietos algún día lleguen a ser esos individuos que nunca fuimos. Preferimos vivir en un sueño rosa, pegados a las nubes de la ilusión, a ser inquilinos de una realidad por la que pagaríamos onerosas rentas. Pasamos la vida huyendo de aquellas cosas que tal vez sólo han sido pura fantasmagoría; escapando de alguien que quizás nunca fue nuestro verdugo, sino nuestro verdadero mentor. Valoramos el molino de viento porque en su tedioso periplo nunca se extravía de su rutinaria búsqueda del viento. Sumidos en una distonía cervical, seguimos con nuestra mirada puesta en el pasado y, al volver la vista hacia delante, constatamos que el futuro nos ha dejado atrás. Andamos por la vida como si fuéramos candorosos chiquillos jugando en una playa con piedras, caracoles y conchas.   

Tratamos de aprisionar la arena entre nuestras manos; la apretamos entre nuestros febriles dedos para aceptar que ésta presurosa se escapa quedando sólo unos cuantos granos adheridos a nuestra palma. Todo ello sólo es el vestigio metafórico de un sueño que, por un momento fugaz y banal, tratamos en vano de conservar y que luego, con la más diminuta ola, desaparece diluyéndose en el océano de nuestras grandes verdades existenciales. Posiblemente encontremos explicación en esas rutinas propias de nuestra mismidad. Allí, en el silencioso diálogo que entablamos con nuestros yoes perdidos, no cuenta lo que se dice, sólo esa fascinante experiencia de no haber tenido necesidad de hablar. Evocamos aquí la conocida frase de García Márquez en boca del coronel Aureliano Buendía: el gran secreto de la vejez consiste en hacer un pacto honrado con la soledad…

Saber envejecer es aprender a simplificar lo complejo, apreciar la obra imperfecta que ha esculpido en nosotros la locura –más que la cordura–, en esa escuela donde se enseña el arte de sufrir y vivir entre normas, verdades y excepciones; andanzas, atajos y extravíos. Matsuo Basho, un poeta japonés del siglo XVII, sostenía que el arte de envejecer consiste en apreciar la vida siempre como un continuo aprendizaje: “Aprender quiere decir unirse a las cosas y sentir su íntima naturaleza”. Todo termina como lo describe el escritor inglés Paul Devereux: sentarse a hablar con ese ser inmenso, olvidado o desconocido que es la tierra; dialogar en torno a sus misterios, los viejos tiempos y el incierto porvenir. El cineasta sueco Ingmar Bergman lo resumía en una frase: “Envejecer es como escalar una montaña: al subir las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre y la vista más amplia y serena”.

gonzalohugova@hotmail.com

Para estar informado

- Advertisement -
- Advertisement -

Te puede interesar

LA JUSTICIA SOCIAL

La nueva red de semáforos

UTOPIAS

- Advertisement -