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domingo, mayo 26, 2024

El alcalde de mi pueblo

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Pbro. Diego Augusto Arcila Vélez

Debo dejar claro que no se trata del de mi pueblo natal, ni del de donde ejerzo mi ministerio sacerdotal; el alcalde de mi pueblo que voy a describir aquí puede ser el suyo, el mío o el de ninguno. El pasado 10 de abril cumplió las primeras 2.400 horas o los famosos 100 días el alcalde de mi pueblo, él salió a dar declaraciones y parece que todo está bien, que se siente a gusto en su tarea y que, según él, “ya ha hecho mucho en 3 meses”. El alcalde de mi pueblo parece ser que gobierna para las redes sociales, no hay día que no aparezca en ellas, comiendo, jugando fútbol o en fútbol, montado en moto, carro o caballo; con su familia, amigos o simplemente en directo en reuniones con sus asesores, secretarios de despacho o gente del común.
El alcalde de mi pueblo parece un actor de telenovela un poco barata. A él nada se le escapa, se pone la chaqueta de la policía, el casco de los bomberos, la camiseta del equipo de fútbol preferido; salió a todas las procesiones de Semana Santa y fungió como un buen católico, apostólico y Romano. El alcalde de mi pueblo se la ha pasado viajando, que un encuentro en Barranquilla, que otro en Cartagena, que vamos a Bogotá, que lo esperan en Cali, son “gajes” del oficio, según él. El alcalde de mi pueblo en materia de seguridad “agarra más que policía nuevo”, desmantela ollas, coje criminales y los muestra, nos “vende” una sensación de seguridad en cajeros, supermercados y cuanta calle se le ocurre mostrar. Al alcalde de mi pueblo le ha tocado apagar incendios de invasiones, correr maratones, montar en bicicleta; en pocas palabras, el alcalde de mi pueblo es aún rey y vive como es natural su “luna de miel”.
A cien días de haber comenzado su gobierno no nos podemos poner de exigentes con el alcalde de mi pueblo; de algunos ya sabemos que han contratado a “diestra y siniestra”, que han colocado sus “amigotes” en puestos, aunque no sepan del tema, por ejemplo, a arquitectos en lo agrario, y a agrarios de arquitectos; a economistas en lo social, y a los psicólogos en la economía; a los médicos en cultura, y a los de cultura en los hospitales. El alcalde de mi pueblo no sabe que nosotros, sus gobernados, sabemos que aún el transporte público de niños y adolescentes y universitarios no arranca; que las vías de acceso a las veredas se vuelven más difíciles por el invierno, pues sus 3 primeros meses fueron de un intenso verano.
El alcalde de mi pueblo no sabe que nosotros sabemos, que la inseguridad y el desempleo crecen, que la atención al adulto mayor no arranca y que hasta han intentado reducir recursos para estos. El alcalde de mi pueblo no sabe, que nosotros sabemos que la movilidad no anda, aunque haya ampliado el “pico y placa”; aunque lleve a tránsito a las calles de mi terruño querido. El alcalde de mi pueblo no sabe, que nosotros sabemos, que ya “enmermeló” a los concejales, a los grupos religiosos políticos que también buscan lo suyo y a su círculo más íntimo que siempre está dispuesto a aplaudirlo, aunque no gobierne. Al alcalde de mi pueblo – de mi ciudad- le faltan 1.360 días para gobernar y hacer de su mandato, un mandato de desarrollo social, humano y justo. Ya no más redes; dedíquese a solucionar problemas reales y a avanzar en sus políticas del plan de desarrollo y de gobierno con el cual conquistó las urnas. Estaremos muy pendientes y cuente con nosotros.

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