Y el mundo se detuvo…

Alberto Zuluaga Trujillo

Columnista

El acelerado crecimiento del mundo, insensible y egoísta,  al que nada ni nadie podía detenerlo, ha tenido que frenar en seco, quién lo creyera, ante un enemigo invisible, diminuto en tamaño pero gigante en destrucción de vidas. Siempre se dijo, que pasara lo que pasara, el mundo no se detendría. Y se detuvo… y sigue detenido, aterrorizado e impotente ante su poder de contagio, que crece como espuma y se riega como pólvora.

 

El virus, causante de la mayor parálisis que el mundo haya enfrentado, muy por encima de las dos guerras mundiales, es causado por una cepa desconocida de coronavirus, identificado oficialmente como SARS-CoV-2, provocando el Síndrome Respiratorio Agudo Severo (SARS) cuya enfermedad fue bautizada como COVID 19 por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Los coronavirus afectan tanto a humanos como a animales siendo rara su trasmisión de animal a humanos pero, cuando se da, evoluciona para continuar el contagio humano a humano.

 

Lo grave de esta enfermedad es que el contagio se propaga antes de la manifestación de los síntomas, razón para que los gobiernos obliguen al confinamiento, en especial a las personas mayores, las más propensas a contraer el virus cuyo período de incubación es de 2 a 14 días. Es de tal magnitud el problema y tan grande es la crispación existente, que un simple estornudo en cualquier punto del planeta hace estremecer la bolsa en Nueva York.

 

Este pánico colectivo nos ha igualado sin proponérnoslo. Nadie es más que el otro. El dinero no servirá para que nos atiendan de primero. Un país con menos de seis mil camas en cuidados intensivos nada podrá hacer ante 50 millones de personas, unas más susceptibles que otras al contagio, de las cuales el 10 por ciento son mayores de 60 años o sea,  cinco millones de personas extremadamente vulnerables. Es como si la tierra se estuviera cobrando por derechas el maltrato que el hombre le ha dado.

 

En su inmensa avaricia y egoísmo, apenas comenzando entre nosotros el contagio, las empresas más pudientes han profundizado su tragedia al  recortar empleos, no pensando en ayudar sino en cómo no perder, sin advertir que han sido las gentes las que han consolidado sus grandes capitales. El intocable sector financiero, protegido celosamente por el Estado, debería en estos momentos de grandes dificultades tender la mano generosa hacia sus deudores, no con paños de agua tibia (Transferencias digitales gratis) sino con estructurados proyectos de ayuda para rescatarlos y darles la confianza debida. El mundo, una vez superada la pandemia, no podrá ser el mismo.

 

Esta universal tragedia habrá de servir para sentar las bases de un mundo nuevo, donde el egoísmo dé paso a la hermandad entre los hombres y en el que los gobernantes de las poderosas naciones por fin entiendan que a la par con el crecimiento material es indispensable crear una verdadera política social que sepulte la pobreza para dar paso a una vida digna que  armonice con un mínimo de respeto por la naturaleza y el medio ambiente. Solo así, se restablecerá el equilibrio perdido a causa de la terquedad y la soberbia humanas.

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