Pánico colectivo

Padre Pacho

Columnista

En nuestro cerebro primitivo, tenemos la amígdala cerebral, encargada de detectar el peligro, permitiendo al organismo crear una serie de mecanismos para nuestra supervivencia. El epitálamo, permite que nuestros neuro transmisores, expresen por medio de nuestras emociones, aquello que sentimos y vivimos, sin embargo, cuando estas emociones como es el caso del miedo, no las controlamos, se vuelven contagiosas, convirtiéndose en una verdadera amenaza social, creando un espectro emocional, denominado pánico colectivo.  Ciertos estímulos, que generalmente llegan por medio de la información, en algunos casos distorsionada, llevan a que nuestro cerebro, perciba un peligro inminente, volviéndonos no solo vulnerables, sino con una predisposición antisocial colectiva, en nuestro caso por un contagio inminente, como sucede hoy con el coronavirus, llevándonos a creer que la única manera de sobrevivir es por un aislamiento, sin ningún tipo de contacto, único camino de supervivencia.

El principio de precaución es válido, con las cautelas elementales, donde cada enfermedad debe asumirse, tomando las medidas, para no poner en peligro al otro, pero sin caer en una información manipulada, que nos lleve a la ansiedad y la incertidumbre.

Las grandes plagas o pandemias, siempre han acompañado la historia humana. La más grave fue la viruela, una enfermedad infecciosa, transmitida mediante fluidos corporales y contacto directo que dejó más de 300 millones de muertes; el Sarampión con 200 millones; la gripe española con 100 millones, la peste negra 75 millones; el Virus de Inmunodeficiencia Humana, con 25 millones; la plaga justiniana, tifus, cólera, gripe Hong Kong, ébola, y hoy en nuestro contexto el coronavirus.

Pascal Roland, ha expresado que muchos de estos temores, que se producen hoy en la realidad humana, tienen una razón y es la ansiedad por la ausencia de Dios. Ese pánico colectivo, que hoy presenciamos rebela nuestra relación distorsionada con la muerte. Queremos ocultar lo efímero que somos, nuestra fragilidad y vulnerabilidad. Hemos olvidado que no somos dueños de la vida, que no somos la medida de todas las cosas.

Se encontró el labriego con la peste y le preguntó: ¿Peste para dónde vas? Y la peste le contestó: a matar 500 personas en Bagdad; días después se encuentran y el labriego y le dice a la peste: eres una mentirosa, dijiste que ibas a matar 500 y mataste 5.000, y la peste le responde, efectivamente yo mate 500 personas, las demás se murieron de miedo.