Miscelánea

James Cifuentes M.

Columnista

Don Álvaro Ramírez González, y me refiero a él con el título de Don porque efectivamente se lo ha ganado como ciudadano, como dirigente, como exalcalde de Pereira y especialmente como empresario, y por tanto, el respeto y el protocolo me obligan ya que no tenemos la suficiente confianza; es más, es muy posible que Don Álvaro ni siquiera se acuerde de mí, y por ello pongo de presente que tuve la oportunidad de ser su subalterno, cuando él fue miembro de la Junta en una sociedad en la que yo fungía como Secretario General.

Don Álvaro, con todo su bagaje, encarna, para mí, la más pura expresión de un opinador natural, de una persona que piensa y que además comunica sus pensamientos sin ambages, sin eufemismos, sin matices; es un hombre recio en el hablar, que se le nota cuando escribe, quizás porque, además de las ideas, expresa pasiones; no se guarda nada, con ese agudo interés por los temas políticos y de ciudad; por eso suelo leerlo, como un ejercicio que me permite permanentemente confrontar las perspectivas que yo no tengo.

La semana pasada Don Álvaro intituló su columna en El Diario como “El cáncer de la desinformación”; luego de reivindicar los ideales partidistas, liberal y conservador, que, según él, ya no tienen los medios de información, en detrimento del periodismo -razonamiento que no acabo de entender- le dio palo al expresidente Santos señalándolo de haber prostituido la verdad a costa de los dineros del Estado. Semejantes afirmaciones, y otras, según las cuales el poder “prostituyente” de Santos llevó a la desgracia a medios tan influyentes y arraigados como el Canal UNO, CM&, la Revista Semana y a la W Radio, cuentan con un común denominador: fueron emitidas sin respaldo en cifras o estadísticas que las sustentaran.

Un lector, el señor Leonardo Díaz Villegas, le cursó una carta a Don Álvaro en la cual puntualmente se refirió a los números de la circulación física y digital de la Revista Semana, cuyo análisis descarta que esa casa editorial esté en la ruina, como lo afirmó Don Álvaro, precisándole que la única vez que Semana ha tenido un descenso significativo de suscriptores fue durante el tiempo en que el columnista Daniel Coronell dejó de escribir.

Es claro que opinar es una expresión libre, desprovista de ciertos rigores y formalidades, pero ello no puede ser absoluto ni carente de responsabilidad y ponderación; porque, si así lo hiciéramos, nos convertiríamos entonces en parte del “cáncer” que el mismo Don Álvaro lamenta y reprueba.