Los atajos

Héctor Tabares Vásquez
Columnista

Las épocas, los sistemas, los métodos, incluso la misma personalidad, el carácter, la mentalidad del ser humano. En esencia, todo lo que estemos en capacidad de asimilar de la edad moderna, presenta esa imagen constitutiva de reducir los espacios, los periodos, de convertir las faenas, en tareas menos engorrosas y fatigantes. Desde luego, en modo alguno es viable, tampoco es de recibo, denigrar de la forma de encarar los asuntos, pues a través de ella, son muchos los logros y las exitosas salidas en el campo de la ciencia, en la industria, en la manera de llegar al punto final de los objetivos. Serían innumerable los ejemplos con los cuales es posible  demostrar una verdad de apuño como ésta, empezando en las labores hogareñas, en lo simplemente doméstico, en la agricultura, en la medicina, en las comunicaciones. Es innegable la transición producida en el interregno de unos tiempos de manejo penoso y difícil, en procura de hacer bien lo proyectado, en el prurito general y común de un desarrollo constante y de la sana intención de estar a la altura de todos los adelantos y de la mayoría de los contrarios. Verbi gracia,  un Internet, unas redes prudentemente empleadas, significan un poderoso mecanismo de ayuda, de auxilio, de aproximación y cercanía entre quienes, de uno u otro tenor, desean compartir la infinidad de actos bajo los más increíbles ángulos de la fantasía y de lo real. Es decir, si un atajo es un instrumento útil y el camino  recortado en un propósito determinado, es indudablemente un fenómeno de cualquier entidad digno de mencionarse en el plano de la evolución positiva de las estructuras sociales, económicas y políticas vigentes. La parte negativa, ociosa, grave y peligrosa, es quizás el pesimismo rodeando angustiosamente, una ruta simplificada en el obrar, del cual echan mano no solo los inescrupulosos de naturaleza tal, provocando el mal y difundiendo la nociva concepción de las cosas, sino de una generación en el afán de labrarse su propio destino. Aludimos entonces   a unas promociones de individuos tomando vías de acceso hacia el éxito o la fama, la fortuna y en últimas la comodidad y la vida muelle. Aquí es donde patina el cerebro y afrontamos un conflicto de intereses y de ambiciosas oportunidades en una zona colectiva plagada de circunstancias adversas, de una juventud perdida, ansiosa, desesperada, lanzándose al abismo, al no encontrar, al paso, los recursos adecuados en el tortuoso sendero de la búsqueda incesante de las puertas abiertas a sus fines. El facilismo se inicia en una comunidad, en sectores de variado pelaje al momento de ofrecerse herramientas resumidas a efecto de arribar a puerto seguro en las aspiraciones. No es necesario siempre acudir a prototipos estereotipados y plasmados en el delito, en la ilegalidad, en el vicio o en la explotación de un conglomerado, por medio de conductas ilícitas. Es imperativo  tornar la mirada y muy atenta, a corporaciones e instituciones, asiento de unos presuntos estudios profesionales, cuya fabulosa meta ofertada, radica en transmutar en bachilleres a párvulos, en un santiamén, a la par de volver peritos a sujetos, ni siquiera preparados en la segunda fase. Es la razón, para desenvolverse en un ambiente pletórico de medianías, motivados en titulados carentes de ética y de moral, o aquellos empotrados en la síntesis de una carrera inane e ineficaz. La insistencia en el tema estriba en una insana tendencia puesta de moda, de andar metido en los arenales y el terreno fangoso de unos comportamientos poco edificantes y preñados de una alta dosis de irresponsabilidad. Un pueblo enlistado en pareceres de índole así, es incapaz de conseguir  las pretensiones de ubicarse al nivel de una civilización respetable.