Liderazgos perversos

Gabriel Ángel Ardila

Columnista

En el reino de la justicia premial para las perversidades, está sobre la mesa el asunto de transportes públicos que utilizan fisuras del sistema legal y ardides de negociantes de toda clase para chantajear al Estado en favor de sus intereses intestinos.

 

Paralizan la movilidad en sectores neurálgicos con idéntica argumentación de quienes defienden en los baños de universidades, montajes para producir explosivos que utilizarán en las calles dentro de manifestaciones o protestas “legales”. Escudan sus fechorías en la autonomía universitaria, igual como ahora los camioneros usan sus vehículos jurásicos, para exigir que sea el mal negociante, quien les compre su chatarra, al precio que ellos pongan. Porque si no han sido capaces de vender sus carromatos es porque ya no tienen mercado, pero siguen rodando y amenazando con sus travesuras.

 

No hace nada que fuimos testigos de los velorios montados para despedir Uber, por supuestos atropellos a derechos y privilegios que solo ellos entienden. Eso, porque les montaron plataforma a los taxistas para el reemplazo de modelos, con esos “cupos” que enriquecen poderosos y se escudan en necesitados de subsidios perniciosos. Pero exigen y merecen –según su mandar– más privilegios.

 

Los tenedores de vehículos con más de 20 años de uso y de perverso andar por las calles colombianas, no aceptan restricciones por ser notoriamente contaminantes. Y “nos quieren quitar los carritos, pero no nos los pagan”, dijo uno de esos cínicos dirigentes que obviamente también exige su derecho legítimo a la protesta y al “paro”, atravesando sus vetustos ceniceros como dragones estirados en las vías públicas.

 

Y los ciudadanos se preguntan por qué tendrían obligación de pagar por tributos a esos pedestales del despilfarro público y la inexistente autoridad: injusto. El que explotó por más de 30 y 50 años su medio de producción, está en capacidad de renovar su instrumento o está llamado simplemente a retirarse. El Estado no puede seguir dando señales favorables a esa perversidad de ser buen socio para la reparación o la restitución del parque automotor, pero eterno cómplice pasivo del reparto irregular en las utilidades por ese negocio “lícito”.