Las costumbres

Héctor Tabares Vásquez
Columnista

Emil Durkeim había expresado: “Cuando las costumbres son suficientes, las leyes son innecesarias. Cuando las costumbres son insuficientes, las leyes son obligatorias” (1), frase sacada de un contexto totalmente diferente al medio civilizado donde aquel moraba y a la sazón. La tomamos como punto de referencia en lo concerniente al entorno nuestro, desde luego, marginada del criterio jurídico en los casos de  la reiteración, para convertirse en ley. Llama la atención la observación del pensador francés, en la medida de advertirse muy a menudo, el transcurrir de unos comportamientos sociales e individuales, saltándose todas las barricadas de la decencia y el decoro, dando al traste con la legitimidad, el orden, la responsabilidad. El primer contraste tiene asidero en un fenómeno cultural, plenamente acrecentado en la ausencia de una educación adecuada. El detalle de mayor significación ocurre cuando quien realiza conductas improcedentes, es persona completamente aislada de una acertada capacitación en el modo de actuar y de dirigir las acciones. Dentro de una mentalidad tal, no es posible, en principio,  reprochar, sin antes procurar una enseñanza idónea y propiciar el conocimiento de las cosas elementales en el arte de vivir en comunidad.  Después, surgen otras dificultades correspondientes a un tipo o sector de mediana y cierta calidad de vida, llevando a cabo procederes de similar entidad, al igual de quienes, pese a recibir una formación elevada y de categoría, no se distinguen en mucho de aquellos carentes de tantas bondades, pues en ocasiones poseen un obrar al límite del salvajismo. En ese umbral del cruzar y del devenir de las poblaciones, van pasando las épocas y los estilos de subsistencia, varían en bien o en contra de sus componentes. Verbi gracia, el concepto del honor, de la palabra empeñada, de la confiabilidad en el sujeto ante el solo hecho de pertenecer a un lugar o sitio determinado, en la condición de vecino, de colaborador, de miembro de un colectivo. Es una parte negra en la idiosincrasia mercantilista de los detentadores del dominio empresarial. Ya no resulta aceptable el plazo o la prestación del servicio, la compra o venta del producto, en base a la promesa del usuario, ahora  la credibilidad hacia él, está exclusivamente sustentada en un documento dotado de todos los aditamentos de la exigencia legal. En el pensamiento del autor citado, una manera de conducirse, tradicional, inveterada y sana, fue relegada y sustituida por un formalismo, obviamente, a causa y consecuencia de un deterioro integral y de unas ideas supuestamente novedosas. Y en esa misma línea y en un rol semejante, aparecen numerosas presentaciones de eventos ajenos a la ética y la moral, pero maquillados y solapados a través de la  incesante carrera de la modernidad y cuyo complemento no es otro distinto a la afirmación de continuar sometido a un anacronismo y vetustez, en el rechazo a los de posturas opuestas. Un vistazo general, global, un detenimiento insular en cualquier sitio del país, de la ciudad o del mundo, incluso, nos permite contemplar un panorama pletórico de las increíbles deformidades en este complejo sendero de la diversidad, de la comprensión, de la tolerancia, obligadas y presionadas en cuanto a no ofrecerse ninguna solución en contravía, so pena de incurrir en un grave desacato. Lo real es que el hombre va haciendo camino al andar, al decir del adagio popular y no es necesario utilizar filosofías o clases de orientación a efecto de controlar el talante de alguien. En la práctica, uno avanza y corre, trota o acelera, de acuerdo a las oleadas de cambio, cada día asombroso e inusitado. Sin embargo, lo ancestral, no en razón de la antigüedad revestida, es permanentemente nocivo o inaplicable, siendo de algún provecho en innumerables oportunidades al momento de exigirse una salvación apremiante.

(1)COVEY, Stephen R. Los 7 hábitos de las Familias altamente efectivas. Editorial de bolsillo, diciembre 2.016. Pág. 342.