¿Laicismo?

Padre Pacho

Columnista

Un profesor de la Universidad Tecnológica, bajo el sofisma de ser “laicista”, increpaba la semana anterior a una funcionaria pública para que quitara una cruz católica de una de las oficinas de la Alcaldía de Santa Rosa de Cabal, con el falso criterio, que es inconstitucional, de tener este tipo de símbolos expuestos en entidades públicas.

Colombia no es solo un estado de derecho, es un estado de derechos, y la libertad religiosa, como derecho fundamental es protegida y amparada positivamente por la constitución. El poder público declara que se debe proteger a las personas en sus creencias y debe facilitar la participación de estas en la consecución del bien común. Reconoce que ninguna Iglesia o confesión religiosa es ni será oficial o estatal, sin embargo, no se declara como un estado ateo, agnóstico o indiferente, frente al sentimiento religioso de los ciudadanos. Toda persona tiene el poder de ejercer libremente el derecho a profesar y manifestar, individual o comunitariamente, su propia religión, tanto en público como en privado.

Hoy esta libertad se ve vulnerada permanentemente, por quienes no tienen claridad entre laicidad del estado y laicismo. Se piensa que laicidad es la exclusión de lo religioso del ámbito social, a la esfera de la conciencia individual. Se pregona la laicidad en un estado donde Dios no tiene lugar, como emblema fundamental de la democracia moderna. Laicidad del estado no es “laicismo”, un sustantivo que pregona, hostilidad contra cualquier expresión de fe.

Una sana laicidad implica que el estado no considere la religión como un simple sentimiento individual, confinado al ámbito privado; que no estigmatice a legisladores o juristas, por querer pronunciarse frente a temas que interpelan las conciencias. El laicismo restringe la fe, radicalmente frente a su expresión pública, ya que está a favor de una sociedad aconfesional. 

Muchos de nuestros servidores públicos temen ejercer sus convicciones religiosas, amparándose en una neutralidad del estado, como si este fuera un ente deshumanizado. El estado, debe velar y salvaguardar la dignidad de sus ciudadanos; excluir la religión de la vida social, socava las bases mismas de la convivencia humana, pues todo estado no solo debe estar afincado en lo político y social, sino también en sus creencias. El principio de laicidad separa los papeles de la Iglesia y el estado y ello es válido, pero en ningún momento niega su papel y responsabilidad en la vida pública.