La revolución sin tiros

Otoniel Arango Collazos

Columnista

Ante los reiterados fracasos de los revolucionarios, desde tiempos de las bananeras, los insurrectos decidieron optar por la “Revolución Pasiva”,  del filósofo marxista Antonio Gramsci (1891-1937), cuya principal hazaña consiste en la toma del poder, a través del control del sistema educativo, de las instituciones religiosas y de los medios de comunicación, para que la clase dominada, se convierta en la  clase dirigente y ejercite el poder político y se convierta en una clase hegemónica. Eso se pretendió con el acuerdo Santos-Farc. Se busca que las clases sociales políticamente dominantes, aún manteniendo el propio dominio, dejen de ser dirigentes de todas las clases sociales, es decir, no logren resolver los problemas de toda la colectividad e imponer su propia concepción del mundo, en tanto que la clase social subalterna si logra aportar soluciones concretas a los problemas irresolutos, convirtiéndose en la clase dirigente e incrementando su propia cosmovisión a otros estratos sociales, creando un nuevo bloque social, que terminará volviéndose hegemónico, es decir, la dictadura del pueblo. Es ni más ni menos, que la revolución y toma del poder, sin disparar un solo cartucho… “Antes de cambiar las cabezas hay que cambiar lo que hay dentro de las cabezas”, afirmaba Gramsci.

Las democracias de América Latina han venido siendo cooptadas por los herederos de Gramsci a quien Chávez y Maduro le prendieron velitas en visita a su tumba en Italia, en donde juraron que liberarían a América del capitalismo. Ya lo decía Lenin: “Si la minoría se sometiera voluntariamente a los intereses de la mayoría popular en el poder, ésta podría poner en práctica una democracia sin límites”; tal vez por eso a quienes no aceptamos ciertas verdades introducidas con vaselina al pueblo tonto, nos llaman enemigos de la paz y de la democracia.

Todo ese canto de sirenas de los Gramscianos suena hasta bonito a nuestros oídos; lástima que las maravillas de la “dictadura del pueblo” que Gramsci llama eufemísticamente “hegemonía popular”, sea un sistema con doctorado en repartir la miseria entre las mayorías, mientras unos pocos se quedan con las riquezas que por derecho le corresponden al pueblo; sino que lo digan los boli burgueses venezolanos o la social bacanería colombiana cuya opípara  existencia, desearía el más acaudalado de los mafiosos, de las riquezas farianas ni hablar; lo cruel de todo esto es que los alzados en armas, son meros instrumentos de quienes desde mullidos escritorios trazan el destino de esta guerra interminable.