Herejías

Juan Manuel Buitrago

Columnista

No me agrada ser o parecer pesimista y quisiera escribir como Rodrigo Ocampo que comparte sus lecturas optimistas con los seguidores de su columna sin regañarnos. Morirse es una costumbre que suele tener la gente, decía Borges, y al igual que las personas el mundo también envejece y también morirá algún día. Está bien que cuidemos el medio ambiente pero debemos aceptar que cada vez hay más gente, que gastamos más recursos energéticos para nuestra comodidad y tarde o temprano la naturaleza nos pasará la cuenta de cobro. Que todo se acabe dentro de diez mil o dentro de un millón de años no cambia el sentido del argumento, la vida, todas las formas de vida, desaparecerán algún día. Disfrutemos  entonces mientras podemos nos repite Rodrigo con optimismo.

La ciudad con el paso del tiempo también envejece y para explicar por qué luce contrahecha y deforme he llegado a la conclusión de que ha sido construida por tacaños. Hay una línea muy tenue que separa la austeridad de la tacañería. ¿Para qué hacer algo fino o amplio si con menos plata podemos hacer algo que también resuelva el problema aunque sea más modesto? Con ese criterio son estrechas nuestras avenidas y puentes, incómodos nuestros parqueaderos , invadimos los parques con edificios públicos, invadimos también las áreas de circulación de los centros comerciales y hacemos urbanizaciones suburbanas con vías de acceso inadecuadas pero baratas.

A los tacaños todo lo barato  les parece lindo. La crítica les parece injusta o envidiosa. Si no tenemos parques en el casco urbano sino jardineras con pequeños senderos eso no es por mala suerte sino por falta de generosidad, los constructores de vivienda han sido tacaños. La Sociedad de Mejoras Públicas fue tacaña con el nuevo terminal aéreo. Hay tacañería en el Centro de Convenciones sin parqueaderos y en la Villa Olímpica sin grandes espacios no invadidos. Es de tacaños la llamada autopista Pereira-Armenia aunque les cueste a los usuarios un ojo de la cara.

Esta no es una columna pesimista o quejumbrosa, es una explicación de la realidad que vivimos como consecuencia de una manera de ser que aparentemente nos proporcionaba seguridad al ser prudentes en el gasto. Reaccionar y negarnos a aceptar en el futuro economías que a la larga nos salen costosas cuando vemos que ampliar lo que quedó pequeño cuesta mucho más de lo que nos habría costado hacerlo amplio desde el principio, aparece ahora necesario para evaluar con mejor criterio los proyectos de los gobernantes.