Ética animalística

Alfonso Gutiérrez Millán

Columnista

El novelista Ernst Hemingway afirmaba que el carácter hispánico no admite término medio entre el amor y el odio. Quizás por ello se cuentan más de tres siglos de polémica sobre la presunta inmoralidad de la “fiesta brava”; enjuiciada por sus adversarios como el más notorio atavismo de nuestra herencia peninsular.

La diferencia entre el “antropos” (hombre) con el “zoon” (animal), viene desde los griegos y consiste en crear distancias cualitativas entre las especies. Sin embargo, el deontólogo P. Singer y el teólogo católico A. Linzey aceptan, con Darwin, que “el sistema nervioso central humano denota continuidad con el de los animales superiores; estos, no solo sienten dolor sino que poseen cierto nivel de pensamiento, aunque los humanos gocemos de un mayor desarrollo cerebral que permite controlarlos, dominarlos ¡Y hasta exterminarlos!”

Los humanos trasformamos el mundo, cambiando nuestros modos de producción. Y ello crea enormes intereses. A juicio de algunos filósofos éticos, y del catecismo católico, tales intereses solo se  justifican en lo referente a requerimientos  de la especie como la necesidad de ingerir proteínas de origen animal. Sin embargo, como no  podríamos subsistir sin un altísimo grado de respeto por  el medio ambiente donde habitamos, no deberíamos hacer sentir dolor a los  pollos, cerdos, caprinos  y bovinos que consumimos para completar esa dieta, hasta ahora fisiológicamente insustituible,  que nos clasifica como animales carnívoros.

Científicos y filósofos, ateos, agnósticos y católicos, coinciden en que animales como el toro de lidia o los “gallos de pelea” no deben ser objeto de maltratos para complacer a minorías que se asientan en lo más cruel de la tradición hispánica. Y a próposito, no todas las minorías merecen el mismo  respeto: no es lo mismo proteger a los negros o a los homosexuales que festejar la tortura deliberada de seres sintientes para enardecer a esa multitud que Blasco Ibáñez definió  en  su novela “Sangre y Arena” como la verdadera fiera de la “fista brava”.

Estas son algunas de las razones que he considerado para abandonar esa complejísima adicción que me empujó, desde muy jóven, hacia las plazas de toros.