Escampavía Los Dueños de nada.

Juan Guillermo Ángel Mejía

Columnista

Lo habíamos dicho, aparecieron los dueños de la marcha, pero no todos ellos hacen fila, faltan los representantes de los encapuchados y de los incitadores del paro, los unos continúan con la cara tapada y los otros mantienen su posición pero matizada con el yo no fui: motivé, difundí, invité, pero con la advertencia que no debería haber destrucción y violencia a pesar de saber que la piedra, las papas explosivas son las compañeras inevitables de la trifulca y por ello cuando les recuerdan que lo que incitaron ha causado enormes pérdidas en vidas humanas, en instalaciones, en desastres para los empresarios y empleados, en los enfermos y estudiantes que no pudieron llegar, en los que se vieron obligados a caminar por horas, dicen: yo no fui.

¿Ahora qué sigue? Los que marcharon: los estudiantes y educadores que no han cesado de marchar todo el año, los empleados públicos y la extrema izquierda que anunció, al día siguiente de las elecciones, que permanecerían en la calle,  los que odian a Uribe, los enemigos de Duque, los que añoran la chequera oficial, los violentos, los borregos de los parlantes, todos y otros muchos no marchantes quienes también desean cambios, así las cosas los que se auto proclaman como dueños del descontento carecen títulos de propiedad, así que el memorial de agravios requiere de una validación como la que intentaran los franceses, cuando convocaron a todos a manifestar sus descontentos en un ejercicio sin premuras y con la serenidad necesaria para no improvisar.

Aunque los reclamos tengan el respaldo de muchos de muchísimos colombianos ello no le da derecho a los marchantes a violentar a los demás, no puede, ni la mayoría, ni la minoría, impedir el derecho a la libre movilidad, al trabajo, a acceder a la salud, a la educación, a no ser agredido y menos asesinado, nada da derecho a la destrucción de la riqueza de la nación.

Los no marchantes, quienes también desean el cambio, piensan que la corrupción es una pandemia, que ese 90% de los estudiantes que no pasan las pruebas del saber son el resultado de aquellos maestros que pasan más tiempo reclamando educando y por lo tanto ofrecen una educación que es cara aún regalada, que una justicia que produce dolor cuando los togados cobran por sus fallos e incredulidad cuando tropezamos con jueces como aquella que liberó a una antisocial quien se ufanó de su delito, hay que cambiar una sociedad que hace de la violencia su argumento de diálogo, hay que cambiar a ministros y burócratas vanidosos que pasan de gobierno en gobierno como pasa el rayo de luz por un cristal sin romperlo ni mancharlo, a servidores públicos electos, pantallleros y traidores a sus electores, unos y otros garantes para que nada cambie, hay que cambiar una sociedad que premia a los plutócratas en la esperanza de que dejen caer migajas para que alimenten a los nada tienen, hay que cambiar las filas de los enfermos esperando una medicina, hay mucho para cambiar y ello se puede y debe pedir en calle, en la escuela, en la oficina, en los estrados, hay mucho para cambiar en Colombia, particularmente la actitud colectiva tramposa pero ese cambio no nos puede llevar al extremo socialista que a todos arruina, a todos aliena, a todos uniforma a solo a los imbéciles convence.

Concluímos que las marchas fueron numerosas pero no tanto, bochincheras pero no tanto, pagadas pero no tanto, seguidoras de consignas supranacionales pero no tanto y los dueños no son todos los que están ni están todos los que son.