Escampavía

Juan Guillermo Ángel Mejía

Columnista

De la participación de los medios en la construcción y  desarrollo de las marchas mucho se ha dicho, incluído el mea culpa de algunos periodistas, situación que ha llegado a extremos dolosos como la de quien publicó una fotografía de la marcha contra las FARC de hace años, esa si gigantesca, pacífica y en la cual participaron todos los estamentos de la vida nacional, como si ese registro fuera, de una parte propio,  cuando no lo era y lo peor, con la manifiesta intención de agrandar lo que fue una marcha  concurrida pero muchísimo menor que la de marras. La crisis de audiencia de los medios, que ha hecho metástasis de los periódicos  a la radio y la televisión, situación ocasionada de una parte por la aparición de nuevas tecnologías, de otra por el rechazo a la línea editorial y no menos  por este gobierno que ha decidido recortar los gastos en publicidad, suma de factores que los ha motivado a tratar de recuperar sus ingresos convirtiendo en noticia la pauta publicitaria, con transmisiones de eventos comerciales violando la regulación que obliga advertir cuando lo que se publica es pagado y de otro recuperar la audiencia perdida, unas veces remunerándola con rifas y regalos, otras cambiando ligeramente su línea editorial y finalmente creando noticias, como lo hicieran algunos periodistas premiados y luego condenados por sus extraordinarias historias.  En Pereira, emisoras independientes como la Remigio Antonio Cañarte o la Universitaria ya alcanzan niveles de audiencia comparables con las de las poderosas cadenas,  y qué decir de lo que ocurre con las revistas de circulación nacional o de los noticieros cerrados por ausencia de escuchas.

 

El destrozo y el rechazo generalizado a la violencia desplegada en las marchas destructoras, explosivas y algunas veces causante de graves heridas y muerte y siempre a los ingresos de quienes, a diferencia de los marchantes, necesitan laborar para garantizar el sustento, todo ello ha llevado a bautizar como marchas pacíficas, las que no lo son cuando se sustituyen las bombas y el garrote con bloqueos que afectan en grave manera los derechos de quienes necesitan movilidad por motivos de salud, de trabajo, de educación o por ejercer el derecho constitucional a la libre movilidad; no puede ser pacífico lo que es una agresión directa a la vida, honra y bienes de los demás. 

 

La gente en la calle no le habla a Duque en particular, le está hablando al mundo de hoy, le habla a Pekín en Hong Kong, a Piñera en Chile, a Evo en Bolivia, a Maduro en Venezuela, a Macron en Francia, a los jeques y monarcas, a Trump en USA, a Ortega en Nicaragua, a  Malo en Méjico, a Madrid en Barcelona, los gobiernos todos, a los de derecha, a los de izquierda y a los de centro; las razones son unas u otras: impuestos, jubilaciones, demanda de democracia, en contra de la democracia, contra la gasolina o el deterioro del ambiente, otras muchas veces por convocatoria que no requiere justificación alguna pero en la calle están, son muchos y no hay una respuesta clara a esta tendencia que va en crecimiento y que requiere de análisis más profundo que la manera superficial y vanal como lo manejan nuestros influenciadores contemporáneos.