Emiliano Isaza Henao

Alberto Zuluaga Trujillo

Columnista

Han transcurrido ya 25 años desde ese 1 de diciembre de 1994, cuando el corazón de uno de los actores políticos de mayor influjo en nuestro Departamento dejó de latir para sumir, en forma definitiva, en el caos y la confusión al movimiento político más importante que Risaralda haya registrado en toda su historia como lo fue Unificación Conservadora.

 

Un aniversario más para completar los 25 años de la muerte de Emiliano Isaza Henao quien, con su talante y presencia soportadas en una acrisolada vida de servicio a la comunidad; primero como médico ortopedista y luego como Senador de la República y diplomático, enmarcaron su vida al servicio de los demás. He ahí, el mayor regalo de su vida: como médico, cumplió a pie juntillas el juramento hipocrático que en su texto original regula las obligaciones hacia el maestro y su familia, hacia los discípulos, hacia los colegas y hacia los pacientes.

 

Y como político, fue un obligado referente  de honestidad y pulcritud, de respeto por los demás y por sobre todo, de dignidad y decoro. Su presencia en cualquier sitio era motivo de regocijo y de inmensa satisfacción. Dueño de un desbordante magnetismo personal que adornaba su fina estampa de varón sin mácula, todos querían saludarlo, tanto el comerciante como el empleado, el empresario como el obrero. Era un jefe de quien sus conciudadanos realmente se sentía honrados, militaran o no en su movimiento.

 

Tuve la fortuna inmensa de departir con él durante largas jornadas, tanto en su residencia como en su finca La Gloria, su escondite paradisíaco y en Bogotá, en nuestras actividades parlamentarias, durante tres períodos consecutivos, él como Senador y yo como Representante a la Cámara.  Si de Laureano se dijo que nunca se levantó de su curul para saludar a alguien, de Emiliano fui testigo que todos sus colegas sin distingo de color político, a su curul llegaban a estrechar su mano.

 

Como Embajador, primero en Paraguay y luego en Chile, a la par con sus logros propios de su tarea diplomática, gozó del afecto y la amistad de los dos presidentes suramericanos. Su desplazamiento a pie por nuestras calles era como una corta procesión pues las gentes, al advertir su presencia, lo rodeaban para saludarlo y acompañarlo. Fue en verdad un hombre fuera de serie y un político que encarnaba, por su condición humana, lo humanamente deseado por una sociedad.

 

Al registrar este nuevo aniversario de su muerte, cumpliendo un cuarto de siglo, su presencia y su accionar político debieran servir a estas nuevas generaciones como ejemplo a seguir. Su legado no hay que buscarlo en nada distinto a él mismo y su conducta. El ser político y a la vez decente, debiera ser la premisa primera de todo aquél que pretenda elevarse por sobre los demás. ¡Qué vacío sentimos hoy por su ausencia! pero mucho más, por la escasa o nula presencia de esa postura, decencia y dignidad de nuestra clase política. En verdad de verdad, un cuarto de siglo, hace ya la diferencia.

alzutru45@hotmail.com