Educar, todo un acto de valor

Gonzalo H. Vallejo A.

Columnista

Se discuten por estos días temas de hondo calado en materia educativa. Profundas y sensatas reflexiones corren el riesgo de quedar arrinconadas en los anaqueles de la desmemoria oficial y colectiva. Se ha demostrado durante los últimos años y hasta la saciedad, nuestra vocación centenaria, reformista y contemplativa en asuntos educativos y culturales, víctimas de un capitalismo salvaje, ese gran depredador que toma vida y forma en un neoliberalismo globalizante sumido en los delirios obseso-compulsivos del cálculo mercantil. Gestamos propuestas “formativas” basadas en el mundo ampuloso y utilitarista de las competencias (competir, no competer) sin una fundamentación histórica, filosófica y pedagógica y muy lejos del mundo cognitivo, crítico, creativo y diverso donde la ciencia, la ética y la estética son letra muerta inscrita en el soberbio panteón educativo.

Estrategias formuladas por gente ajena a la educación; planes discontinuos, programas y proyectos errátiles… Todo ello es síntoma inequívoco de un sistema educativo caquéxico y delirante, perdido en la bruma enajenante de un crecimiento contradictorio, enfermizo y decrépito. Nos jactamos de haber descubierto la obviedad y hacemos novedoso y original el discurso sempiterno sobre los fines de la educación a través de clichés y frases piadosas e inocuas: “La educación contribuye a preservar y desarrollar calidad de vida y a respetar el futuro material y espiritual de la humanidad… La educación es un medio a la vez que un objeto de cambio… La educación es una variable decisiva en toda ecuación de cambio y desarrollo… Las naciones marchan hacia su grandeza al mismo paso con que camina la educación… No somos más que lo que la educación hace de nosotros…”.

Creemos que un simple conjuro escrito en el hierático vademécum colmado de logros y competencias, bastará para que, por generación espontánea, surjan filósofos, poetas, pintores, músicos y escultores. La sensibilidad y la capacidad de asombro fueron proscritas de los códigos racionalistas y las frías aulas de la odiosa escuela. Sólo así podríamos explicarnos el porqué de nuestra decadencia espiritual, la crisis de la creatividad, el deterioro del discurso pedagógico y el desprecio por la vida. Le hemos amputado el “alma” a nuestro proyecto de nación. Hemos olvidado las palabras del escritor Carlos Fuentes en las que afirmaba que la civilización es el cuerpo y la cultura es el alma. El cuerpo: territorios, riquezas, recursos naturales y pobladores; el alma: lenguas, religiones, ciencia, valores políticos y sociales, educación estética, tradiciones e historia.

La educación tiene como función a través de sus estrategias programáticas, integrar pluridimensionalmente en una cultura, tradiciones, creencias, actitudes, estilos y formas de vida con el fin de forjar un proyecto ético resocializador y cuestionador, propositivo y tolerante. Lo decía Octavio paz: la mirada es algo muy visual y subjetivo, pero al mismo tiempo muy colectivo “en la medida en que uno puede ser muchos y hablar por otros”. Un acto de valor es algo que se hace, no solo por desafiar el miedo, sino por la certeza de estar haciendo lo que es debido. Educar en el dramático transcurrir de nuestros días es un acto de valor con el cual buscamos construir un nuevo país a través de propuestas educativas, asuntivas y colectivas que nos permitan acceder, desde la pedagogía del conflicto, a una cultura de paz basada en principios y valores tolerantes y democráticos.