Ecos de un gobierno que terminó. (III)

Ernesto Zuluaga

Columnista

En las últimas semanas hicimos un resumen de los aspectos positivos del gobierno que por casi cuatro años lideró Juan Pablo Gallo en la ciudad de Pereira. No todo fue color de rosa; también es importante resaltar y analizar los aspectos en los cuales la administración se quedó corta o simplemente no se obtuvieron resultados eficaces y que por consiguiente deberán ser prioridad para el gobierno de Carlos Alberto Maya.

A raíz de un fallo judicial finalizó de manera abrupta la concesión que administraba el alumbrado público de la ciudad y fue el caos. Dependencias que no conocían del tema fueron encargadas de su manejo y la ciudad se apagó. Las avenidas, las intersecciones, las lámparas en los barrios y los alumbrados rurales entraron en crisis. Pasaban semanas y meses sin luz y las comunidades tuvieron que buscar padrinos políticos para resolver sus problemas. Lamentable. La salud fue otro sector con resultados muy pobres. Se cerraron el hospital de Kennedy y muchos puestos de salud, la calidad nunca mejoró y bastaba con dar una mirada a las dependencias de la secretaría de salud inundadas y desvencijadas para entender que por allí no pasó nada bueno. En materia de espacio público la ciudad perdió aún más en estos cuatro años; nuevos vendedores ambulantes aparecieron por doquier, el centro de Pereira cada vez más feo y congestionado. No hubo una política seria.

En desarrollo social se destapó una olla corrupta y el secretario y otros funcionarios terminaron en la cárcel. La plata de los viejitos poco se vio y la construcción de los centros para la tercera edad no llegó a feliz término. Tampoco quedó clara la negociación del lote para la sede de la policía en el sector de Berlín, tema que finiquitó con la muerte del ex secretario de gobierno implicado. El sector rural vivió también un profundo abandono. Los dirigentes comunales no entendían porqué Gallo era el mejor alcalde de Colombia si por sus veredas y corregimientos no pasaba el presupuesto municipal. Las grandes obras y las inversiones se hicieron en la ciudad y no en el campo y quizás la llegada del internet gratuito fue el único logro importante en aquellos territorios.

La cultura vivió momentos difíciles. El logro histórico de tener un establecimiento descentralizado para no depender del centralismo administrativo se vino abajo con la desaparición del Instituto de Cultura. Las repercusiones se sintieron en La Cuadra y en otros íconos de ciudad. Por otro lado, Gallo estigmatizó al más competente instrumento de financiación del desarrollo —como lo ha sido históricamente— el mecanismo de valorización. No será fácil recuperarlo, volver a convencer a la ciudadanía de sus bondades y aplicarlo ahora que la olla quedó “pelada”.

Otra evidente deficiencia fue la interinidad en que se vieron por meses muchas dependencias municipales en las que se demoraron inexplicablemente los nombramientos y en no pocas de ellas pasaron muchas cabezas con las consecuentes improvisaciones. La política primó sobre la idoneidad y hay que lamentar la separación final de su cargo que a Juan Pablo le ordenó la Procuraduría. Aunque todos sabemos que la hipocresía habita en todas las dependencias públicas de Colombia y que es allí donde se hace la política faltó prudencia.

Por último, hay que hacer varias anotaciones en el libro negro las promesas incumplidas: Gallo habló en campaña de bajar la tarifa del Megabús —un despropósito que obviamente no se obtuvo—; ofreció otros dos cables aéreos, más seguridad ciudadana, un horario administrativo diferente en la alcaldía. Ninguna llegó a cumplirse. No todo fue color de rosa.