De peajes, orines y amores

Carlos Vicente Sánchez

Columnista

Voy a contarles una historia de amor. Hace unos pocos días pude ver con horror la extraña noticia de un joven que casi muere electrocutado porque necesitaba orinar y nadie en la ciudad de Bogotá le prestaba un baño, entonces decidió hacerlo en un rincón en donde para su mala suerte, había un transformador eléctrico cuya chispa recorrió con un voltaje veloz la trayectoria de su chorro, hasta quemar su cuerpo. No sé si perdió su pene, no se volvió a hablar al respecto en las noticias, pero vi el rostro compungido de su pareja y temí lo peor. No me puedo imaginar semejante situación, esa de andar una ciudad buscando que alguien preste un baño y encontrar solo un desierto de conjuntos cerrados, negocios enjaulados y parques. Las cuadras de Bogotá suelen ser desoladoras distancias entre un punto y otro. La ley ya impide que se orine en espacios públicos y la desconfianza, en espacios privados. Pobre joven, ahora deberá pagar además una multa.

En Pereira no sucede lo mismo, acá las calles suelen más cortas de recorrer y al menos se puede acceder a un baño con mayor facilidad, si tienes en tu bolsillo quinientos o mil pesos, de lo contrario, siempre está el Pavo cerca, o un alma caritativa dueña de algún café dispuesta a brindar su inodoro con la advertencia de que solo sea para orinar, y mejor sentado, para evitar regueros innecesarios. Las ventajas de la provincia son innumerables y eso lo saben los bogotanos que suelen traer sus monumentales trancones cada año a nuestra ciudad, unas enormes líneas de carros con placas bogotanas acaparan las entradas a los sitios turísticos del eje cafetero, y eso no está mal, porque ingresa un dinero extra a la región, que bien puede servir, entre muchas cosas, para hacer baños públicos en las carreteras o parques, lo que me lleva a la historia que quería contarles, no sin antes pedirles excusas con iniciar una historia de amor con semejante nota.

Mi hijo adolescente, que está adoptando un aire de músico conquistador, esos que usan un sombrero verde debajo de un cabello alborotado y lleva colgada una guitarra que no deja de tocar, esos que andan con un libro de Harry Potter en la mano y que hacen gastar plata en cosas frikis a sus pobres padres, se le ocurrió estas vacaciones visitar a su mejor amiga de la infancia que se fue a vivir a Manizales, una chica vegetariana, que no bebe gaseosas, usa anteojos que la hacen ver como periodista de la Pulla, critica sin reparos a su sociedad y que quiere estudiar Nano medicina, (¡qué haremos con esta generación perdida!) Decidimos acompañarlo hasta la otra ciudad, convirtiendo esta experiencia en un paseo familiar feliz, pese al insoportable tráfico importado desde Bogotá y a los dos terribles peajes cuyos costos casi me hacen devolver. ¡Pero, quién soy yo para oponerme a un encuentro juvenil!

La distancia entre Pereira y Manizales es de apenas algo menos de una hora, pero la sensación de ansiedad que padeció el muchacho, y por supuesto yo, esa que provoca el estar sitiados por tantos peajes y unos ahorros reducidos, hizo que él sufriera el síndrome de la separación, como si ella se hubiera ido a vivir a la ardiente Australia.

Soy un monstruo, lo confieso; le dije que si quería seguir visitando a su amiga debía ahorrar dinero, pero es que yo apenas dimensiono los costos de un hijo adolescente y dos peajes insoportables, perdónenme, es mi primera vez y no será la última. Sin embargo, al ver la sonrisa de ambos, el encuentro de dos personas que pese a estar separadas por dos peajes, ¡DOS de IDA Y VUELTA! Y que no estoy dispuesto a pagar más en aras de la amistad, optan por encontrarse para hablar de cosas de chicos y reír a carcajadas con chistes que preferí no entender, no tuve más remedio que pagar los helados, las bebidas, el almuerzo y recordar mi adolescencia, que fue un poco menos feliz en cuestiones de amor. De regreso a casa comprendí que ese momento sería inolvidable para él, pese a lo fastidioso que se portaron sus hermanos menores. Sí, ellos también fueron y no faltaron las burlas.

En mitad de la carretera a todos les dio las repentinas ganas de entrar al baño, pero sin un peso más para gastar, entonces recordé al pobre muchacho de Bogotá. No existe una historia de amor sin algo de tragedia. Cómo hace de falta un baño en la mitad de una carretera.