Cuando ser alcalde era un honor costoso

Víctor Zuluaga Gómez

Columnista

Los tiempos cambian, los afanes son distintos, las búsquedas  se multiplican y por todo ello la educación, la economía y la salud deben transformarse.

Si nos remontamos al siglo XIX, en aquella época, cuando se estaban consolidando las poblaciones del territorio que hoy se conoce como Eje Cafetero, los alcaldes eran nombrados por el poder central, cuidando que tuviera  dos cualidades fundamentales: que fuese alfabeto, es decir, supiera leer y escribir, y también, otra no menos importante: que no fuese “pobre”. Era épocas en la cuales, ser pobre era una verdadera desgracia. Pero, ¿por qué no podía ser pobre?, sencillamente porque cuando nombraban a alguien para hacer las veces de alcalde de un municipio, ese oficio lo debía realizar sin recibir a cambio ninguna remuneración.

Habiendo sido nombrado alcalde de Salamina el general Cosme Marulanda, solicitó permiso para separarse de su cargo debido al descuido de sus negocios, de acuerdo al siguiente documento:

“Rionegro 31 de julio de 1837

Al señor Alcalde de Salamina

En esta misma fecha a recaído la resolución siguiente: “Vista la solicitud del Señor Cosme Marulanda por la que pide se le conceda bien sea por el  beneficio que la ley le designa, para separarse del destino que ejerce de alcalde de distrito de Salamina y atendiendo a que son justas las razones que en ella expone, pues de lo  contrario le resultarían graves perjuicios en sus intereses y en virtud a la facultad que me concede el artículo 7o. y su parágrafo único de la ley del 15 de mayo de 1836, se resuelve:

Se concede licencia por treinta días  al señor Cosme Marulanda para que pueda separarse de su destino de alcalde de distrito parroquial de Salamina, dejando antes en posesión de este destino a su suplente …Lo transcribo a usted para su inteligencia,Dios guarde a usted, José Ignacio Echeverri”.

Digamos que hoy los cargos públicos son apetecidos porque no sólo se recibe un jugoso salario sino también porque son muchas las posibilidades de enriquecerse y además, de entregar enormes dividendos a aquellos amigos que lo apoyaron con fuertes sumas de dinero para que pudiera realizar una jugosa campaña, con abundantes vallas y generosas entregas de mercados en los sectores más necesitados de las poblaciones. Así como los mecanismos de elección en el siglo XIX hoy son obsoletos, lo mismo podemos decir de las actuales.