Conocimiento y paradigma

*Carlos Julio Restrepo Velásquez

Columnista

En la historia de la humanidad en general, se puede afirmar que primero fue la mitología con metáforas cargadas de estética; luego la teología con grandes revelaciones y religiones; después la filosofía con reflexiones trascendentales; y finalmente llegó la ciencia con respuestas y propuestas disruptivas. No había terminado de posicionarse un paradigma de conocimiento y ya teníamos el otro encima, los cuatro perviven; convivimos con todos ellos en simultánea: mitos, miedos, preguntas, descubrimientos, todo existe hoy en nuestra educación, sin que medie un criterio racional de diferenciación. ¿Cómo clasificar el resultado de tanto conocimiento? ¿Cómo acceder a lo que realmente necesito para ser autónomo?

Según el Manual de Frascati, existen seis campos de conocimiento científico: 1, ciencias naturales; 2, ingeniería y tecnología; 3, ciencias médicas y de la salud; 4, ciencias agrícolas; 5, ciencias sociales; y 6, humanidades. Toda profesión debe educar al alumno en tres aspectos: en el ser hacia una actitud estética, es decir, en el descubrimiento de su propia subjetividad, interpretación y expresión y reconocimiento de las mismas en los demás; en la lógica que da el saber por sus conocimientos, racionalidad, trabajo; y en el hacer, de forma ética y práctica, para su relacionamiento social.

Parte de la incertidumbre de los jóvenes hoy, está en el miedo al futuro, la ambigüedad del presente y el pasado confuso. Redes sociales, fundamentalismos, autosuperación, éxito, mediados por divertidos dispositivos tecnológicos están destruyendo su capacidad de comprender el fracaso y la adversidad como situaciones convenientes y significativas. Se impone una generación tipo DFG: Divertido, Fácil y Gratis, en la que es indeseable todo aquello que no sea así. Sólo una educación crítica, es decir, centrada en las condiciones de realidad de su ser, en las posibilidades de su hacer y las potencialidades del saber, les puede ayudar a resolver esa ambigüedad. Los medios masivos están moldeando de forma efectiva, y trágica, ideales poco probables de alcanzar. Siguen vigentes, pero en versiones livianas y fáciles de consumir sin comprensión ni criterio: mitología, religión, filosofía y ciencia.

Una de las consecuencias es que las nuevas generaciones no ven en el “interés público” una posibilidad ética de trabajo por una sociedad mejor, es decir, no creen en la política como servicio honesto. El concepto de política está secuestrado por el de corrupción, y es preciso liberarlo, para que los jóvenes vuelvan a creer en la posibilidad de una utopía social.

*Subdirector de Gestión de Conocimiento, Universidad Cooperativa de Colombia