Acaben con las disculpas pobres

Gabriel Ángel Ardila

Columnista

Siempre un gobierno produce más ronchas que gratitudes. La población se encarga en ocasiones de premiar y en otras, castigar lo ocurrido. Más cuando la administración está por terminar o ha llegado a su límite. Por eso no son extraños los críticos, ni escasos los memoriales de agravios contra quien estuvo y ya se va.

 

Después de la aún no demostrada maravilla de la elección popular de alcaldes y gobernadores en Colombia, se presumía que vendrían mejores años y más entendimiento entre gobernador y administradores. Pero muchos factores hacen hoy lamentar, como lo hizo en reciente y no aplaudida salida, el señor Fiscal General Fabio Espitia encargado de señalar ese, como factor de corrupción administrativa en la función pública. Tras investigar muchos casos y observar procesos que pasan por la Procuraduría y demuestran el hurto o saqueo y malversación de fondos, esas instancias deben sacar conclusiones.

 

Por los abusos y no por los poderes legítimamente concedidos a los encargados de las administraciones locales o seccionales por voto directo, hay más motivos para castigo que para rescate de méritos. Por la composición de sus equipos y por los arañazos inmisericordes de algunos de esos contra el erario: dineros públicos que se empeñan en aumentar contra los bolsillos de los gobernados y se hartan de comprometer en toda suerte de negocios, incluidos unos pocos lícitos para invertir en necesidades de la población.

 

Por eso no resulta para nada extraño que llegue a las salas de redacción de los medios, incluido este, copias de esos memoriales con infinidad de reclamos que van desde la legitimidad de aspirar a un buen servicio, como hasta el extremo de exigir a un gobernante resolver a grupos humanos situaciones que escapan a las competencias limitadas de lo local.

 

La demencia de quienes hallan resquicios para trampear los recursos públicos, trasciende sus alcances delictivos y se inicia desde la justificación de sus ambiciones para supuestamente resolver hambres o carencias que puedan ayudar al saqueo. Lobos disfrazados de dulces abuelitas. No les importa en realidad cubrir los desayunos de pequeños venidos a la escuela con hambre, sino ven y usan ahí la oportunidad para contratar torcidamente y servir pan con agua panela, pero cobrar menús de hoteles cinco estrellas que solo consumen los contratistas. Y se empeñan tan a fondo, en sus ardides, que en escenarios de debate les creen o patrocinan con ánimo de complicidad para saqueadores. Y muchos otros casos, evidentes, se podría citar y se puede llorar sobre esa leche derramada, sin que la puedan probar los infantes famélicos a quienes pretenden estar amparando.

 

Gobiernos populistas deben ser los primeros sospechosos en uso de esa miserable treta de distraer con buena fachada y mejores propósitos, el fondo del dolo en esas contrataciones. Deberían quitar esa plataforma y bajar esas tarimas, para empezar a remediar la corrupción administrativa: No más misericordia, para pecar  en nombre de los pobres. Que acaben con esos shows.

 

Evidentemente en la administración moderna, quien recibe el mayor encargo para dirigir eso, está llamado es a llevar con métodos administrativos una operación sana y eficaz, sin necesidad ni de hacer regalos, ni de pedir más de lo que está en su legítima función. Eso daría transparencia.