A bordo de la historia con pasajero prestado

Gabriel Ángel Ardila

Columnista

No fue un amarillo: el primer taxi de Pereira era un carro de marca extranjera pintado de rosadito, según recordó nuestro consultor Arturo Arizmendi, con quien revisamos este tema. Y ya pasando la página de Uber, lo único que se ocurre es que el impulsor de ese tipo de alternativas en el servicio de transporte de pasajeros en zonas urbanas, es por la calidad del servicio.

 

Hoy el único lamento por la salida de esos carros blancos monitoreados por computadora y redes digitales es el mismo: el servicio. Se colaron ante tanta diferencia de actitudes de quienes asalariados (en su mayoría) van al timón sin el menor sentido de pertenencia y sin las consideraciones por los pasajeros o sus particulares requerimientos.

 

Por ejemplo si el llamado Online se baja del vehículo para poder atender la organizada del mercado del pasajero, el tradicional sostiene su postura de inserto entre timón y asiento, con sus audífonos protuberantemente arqueados y desde donde dejan escapar sonidos que a nadie, sino a esos, importan. Abre el baúl del carro desde su control y deja al pasajero en su propia labor. Pueden ir haciendo un curso de inglés, culinaria o cualquier otro beneficio para sus vidas. Pero nada importan para quien pagará una carrera a cualquier destino, si es que el timonel desea ir allá y al gusto del cliente.

 

En eso estriban las diferencias.

Y sobre el tema de las mafias que rodean ese y otros servicios de Colombia, resulta que los amarillos desde cuando fueron reglados, empezaron a disponer sobre reglas del juego para proteger patrimonios y formas de subsistencia de quienes como fue tradicional, pusieron a rodar sus 4 ruedas en ese riel y llevaron a extremos de no querer abandonar el negocio, por algo más que comodidad. Muchos de los titulados en Colombia en los años 80 y 90 o desde antes, se quejaron de solo hallar como oportunidad de ocupación o trabajo, ese de taxista. Pero la historia la escribieron hombres que emprendieron ese como un negocio familiar y con él sacaron bachilleres y médicas y abogadas y hasta más pasajeros de los carros oficiales, llamados a la burocracia pública.

 

Y en este vecindario, se debió al gobierno de Ernesto Zuluaga la medida que limitó el número de taxis de la ciudad por allá en 1994, para frenar el crecimiento desmedido de ese parque automotor, pero por sobre toda consideración, para garantizar que quien llegara a su límite o por cualquier causa exógena perdiese el taxi, pudiera conservar su derecho al cupo. Eso de los cupos como prevención se desbocó y muchos dineros merodearon en cierta época el negocio, de modo que un solo propietario hasta llegó a considerar la constitución de una empresa, de él solito, por reunir tantos vehículos como era preciso. Y los Uber aterrizaron en ese abismo de cupos muy caros y debilitamiento del servicio y de la calidad del mismo. Ojalá este velorio que han formado algunos alrededor de Uber, pueda hacer entender la razón de muchos de los dolientes del servicio, para que se piense en su reorganización y en la formación de una verdadera empresa con responsabilidad social en eso.