Crhistian Londoño Orrego
“Él sana a los quebrantados de corazón, y venda sus heridas.”
Salmo 147:3
Hay instantes que marcan a una comunidad para siempre, y Risaralda, en solo dos minutos, sintió el estremecimiento de la tierra y vio cómo la vida, los hogares y los sueños de miles de familias cambiaron en un abrir y cerrar de ojos.
La tragedia nos sacudió con fuerza para recordarnos lo vulnerables que somos ante la naturaleza; sin embargo, también sacó a la luz nuestra mayor virtud, la determinación incansable de los risaraldenses para ponernos en pie, aun en medio de las ruinas.
Pero este no es momento para figurar, ni para hacer proselitismo político, es momento para servir; las ayudas no deben tener colores, ni intereses distintos a los de la solidaridad; hoy se necesita presencia, no protagonismo, manos que ayuden, palabras que alienten, un plato de comida, una herramienta o un abrazo sincero.
Dios es nuestra fortaleza, la fe inquebrantable que nos sostiene y nos renueva cuando el cansancio asoma. Pero debemos entender que Dios no es un instrumento para ganar seguidores, votos o popularidad; Dios no se usa para llamar la atención, ni se invoca por conveniencia. Él no es un juego, ni una estrategia; Él es santo, y también es fuego consumidor.
Por eso, la fe no puede quedarse en palabras ni en publicaciones; se refleja en acciones, en la manera en que servimos y en la responsabilidad con la que asumimos lo que nos corresponde. Con esa fe que nos sostiene, hoy asumimos con total responsabilidad nuestro compromiso terrenal: trabajar hombro a hombro por la reconstrucción, la dignidad y el progreso de nuestra región.
El renacer de Risaralda no será solo levantar infraestructura, sino reconstruir la confianza, devolver la esperanza y demostrar con hechos a cada persona que hoy tiene miedo, que no está sola.
Bajo el liderazgo de nuestro gobernador Juan Diego Patiño Ochoa, quien ha asumido con decisión el reto de responder y liderar la reconstrucción, los risaraldenses debemos comprometernos a trabajar hombro a hombro, sin descanso y con el corazón puesto en nuestra gente.
Porque aunque el sismo sacudió a Risaralda en minutos, su espíritu jamás será derrotado.
