Después del terremoto, observemos la ciudad

Sebastián Arango Náder

Son lamentables las afectaciones que dejó el terremoto sobre el patrimonio histórico y cultural de Pereira. La ciudad tendrá que acostumbrarse a la ausencia, transformación o desaparición de algunos de los hitos arquitectónicos, religiosos y culturales que durante décadas sirvieron como puntos de referencia para varias generaciones de pereiranos. Iglesias, edificios, casas, murales, teatros y museos que hasta hace poco parecían formar parte natural e inmutable del paisaje urbano posiblemente ya no volverán a ser los mismos.

Pero esta situación también debería llevarnos a hacernos una pregunta como sociedad: ¿hasta qué punto hemos sido conscientes de la riqueza cultural, artística y arquitectónica que tenemos? ¿Cuánto conocemos realmente de los lugares que hacen parte de nuestra historia? ¿Tenemos que esperar a que un edificio se derrumbe, a que un mural desaparezca o a que una iglesia quede vacía para comprender el valor que tenía?

Quizás uno de los llamados que nos deja este terremoto es precisamente el de aprender a observar. A mirar nuestra ciudad con más atención y a reconocer en ella un patrimonio que muchas veces damos por sentado. A visitar los lugares que todavía conservan parte de esa memoria; a conocer su historia, sus obras y las razones por las que tienen un significado para la ciudad. Porque difícilmente podremos proteger y valorar aquello que no conocemos.

Nos cuesta, y mucho, reconocer el patrimonio que tenemos cuando todavía hace parte de nuestra cotidianidad. La costumbre puede hacernos invisibles edificios, obras de arte y espacios que, vistos desde otra perspectiva, son testimonios excepcionales de nuestra historia. El terremoto debería ser un golpe de realidad también en ese sentido. Una oportunidad dolorosa para preguntarnos qué hemos perdido, pero sobre todo para preguntarnos qué tenemos todavía y qué estamos haciendo para conservarlo.

Tendremos que acostumbrarnos a algunos espacios vacíos y a otros que cambiarán para siempre. Habrá lugares que ya no podremos recorrer como antes y edificios cuya ausencia modificará nuestra manera de reconocer la ciudad. Esa pérdida física tendrá también una dimensión simbólica. Cuando desaparece un lugar que durante décadas hizo parte de la vida cotidiana de una comunidad, desaparece una parte de la memoria colectiva asociada a él.

Por eso, la reconstrucción no puede limitarse a levantar nuevamente paredes, reparar estructuras o reemplazar lo que se perdió. Es necesario reconstruir también nuestra relación con el patrimonio. Apropiarnos de lo que sobrevivió, conocerlo y darle el valor que merece. Y, al mismo tiempo, pensar con cuidado qué ocupará el lugar de aquellos emblemas que ya no estarán.

Pereira tendrá que reconstruirse físicamente, pero también tendrá que decidir qué ciudad quiere recordar y qué ciudad quiere construir. El terremoto nos ha dejado pérdidas que no podremos revertir. Pero puede enseñarnos que el patrimonio cultural e histórico no empieza a importar cuando está a punto de desaparecer. Debemos aprender a reconocerlo, disfrutarlo y protegerlo mientras todavía está aquí.

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