(Pbro. Diego Augusto Arcila Vélez)
Estos días son de desolación y tristeza. Ver la ciudad, pasar por ella cuando es necesario, nos causa tristeza y angustia. Las preguntas son muchas: ¿Por qué Dios lo permitió? ¿Dónde estaba cuando se movió la tierra? ¿Por qué perdí a mis seres queridos? ¿Y ahora mi empleo, mi familia, mi futuro? Son miedos sin muros de contención, que producen rabia, sinsentido, cansancio y desesperación. Dicen los psicólogos que los miedos paralizan, atan y acobardan; que no son buenos consejeros y que, por el contrario, pueden causar más estragos que el mismo mal sufrido.
Esos miedos son los que hoy se respiran en la ciudad, en los pueblos y en los campos por donde, el pasado 10 de agosto, pasó la liberación de energías de la tierra. Sentir miedo e impotencia es casi natural; nadie puede decir que es tan fuerte que hoy no se sienta distinto en la percepción de sus realidades más comunes. Los miedos no tienen límites y pueden desbordar cualquier realidad, antes, durante o después de cualquier acontecimiento. Esos son los miedos que hoy tenemos que trabajar en familia, en grupos de amigos, entre vecinos o, simplemente, de manera personal. El gobierno, las instituciones y los profesionales de la psicología deben ayudarnos en este propósito. Si la mente está bien, si el corazón se aquieta y el alma se eleva, podemos hacerle frente a este desastre natural, humano y espiritual que vivimos.
La solidaridad de propios y extraños ha sido, hoy, un bálsamo en medio del dolor, un signo de esperanza que no podemos dejar de agradecer profundamente. Dios es el primer invitado; en Él podemos encontrar auxilio y refugio. No habrá reconstrucción total si Pereira y Risaralda no miran más profundamente a Dios, para hacerlo parte de sus vidas, de sus familias, de la sociedad y de sus instituciones. La familia, en segunda instancia, debe estar hoy más unida que nunca, resaltando valores como el autocuidado, el respeto y la convivencia pacífica.
Las instituciones y el Estado, junto con los gobiernos locales, deben estar más sincronizados que nunca para buscar soluciones prácticas y reales. Honradez en el manejo de las ayudas y transparencia en los presupuestos destinados a la reconstrucción material. Cero corrupción. Los voluntarios, las empresas y la sociedad civil también tienen un papel fundamental en este proceso de recuperación, aportando recursos, tiempo y solidaridad genuina.
La Iglesia Católica, y seguramente muchas otras confesiones religiosas serias, debemos ponernos al servicio de este propósito. Hoy, más que nunca, sacerdotes, pastores y laicos comprometidos debemos actuar, mostrando de manera cercana al único que puede derrumbar nuestros miedos: Dios, todopoderoso y eterno. Manos a la obra. Solo así, unidos y con fe, lograremos levantar de nuevo esta tierra que tanto amamos, convertida hoy en símbolo de esperanza y renacer. Con la ayuda de Dios, avancemos.
