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jueves, julio 25, 2024

Deconstruir, resignificar y reconstruir

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Por: Gonzalo H. Vallejo A.

A partir de 1967, empezaron a tomar vida las tesis del filósofo franco–argelino Jacques Derrida, pensador iconoclasta, heredero de la idea heideggeriana de la deconstrucción (“Destruir es perder forma y fondo, deconstruir es crear nuevas formas después de revisar el fondo”). Su praxis fue coherente y se evidenció en su activismo político y pacifista. A través de él se viabilizó su oposición al apartheid sudafricano, la ocupación rusa de Checoslovaquia, la guerra del Vietnam, el racismo y la pena de muerte en EE. UU., la causa anti–palestina (“Sionismo no es semitismo”) y la invasión a Irak. Un contemporáneo suyo, el sociólogo y futurólogo neoyorkino Alvin Toffler, subrayó los postulados derridianos en su obra “La tercera ola”, en 1979: “Los analfabetas del siglo XXI no serán aquellos que no sepan leer ni escribir, sino quienes no logren aprender, desaprender y reaprender” …

El desaprendizaje tiene que ver con el examen crítico de la construcción del sentido de la realidad, en este caso, la educativa. Deconstruir consiste en deshacer “analíticamente” los elementos que constituyen una estructura conceptual. El acto de deconstruir no es lo mismo que el de destruir. El primero tiene un sentido más reflexivo, el segundo suele ser más emocional. Por ello, no se trata de destruir los viejos marcos conceptuales sin aprender de ellos de manera crítica y creativa. Se trata de revisar a profundidad los aspectos que forman parte del andamiaje de lo viejo, sin renunciar a integrar parte de ellos en la construcción de lo nuevo. Hablamos de un proceso holístico que no es simple ni lineal, sino complejo y ondulatorio. 20 años después de su muerte, el mundo filosófico sigue lamentando la partida de uno de los pensadores más controversiales del siglo XX…

Gran parte de nuestra vida transcurre aprendiendo a desaprender y a reaprender. En el trajín educativo cotidiano, aprehender la realidad, según “el filósofo de la diferencia”, no es más que leerla desentrañando su sentido. Se trata de descubrir, traducir e interpretar esas huellas de la palabra que constituyen la escritura. Jacques Derrida fue el filósofo de la otredad y esto lo dejó rubricado en sus memorables “espolones”: “Por fiel que uno quiera ser, nunca deja de traicionar la singularidad del otro… Todo aquello que echamos de menos en nosotros, somos capaces de observarlo en los demás… Lo que no alcanzo a ver en mí, lo veo a través del otro… No importa cómo salga la foto, es la mirada del otro la que le dará valor… Son nuestras decisiones las que ocasionan el daño al otro; sin ese daño no existiría la mentira… La guerra más cruenta es la que ocurre dentro de nosotros”.

Concluimos con Jacques Derrida: el ejercicio deconstructivo no es una ideología, para establecer a través del saber pedagógico, relaciones de poder, pero sí se convierte en una estrategia que amplía nuestros horizontes de sentido echando abajo los barrotes prejuiciosos de nuestras celdas conceptuales para liberarnos del yugo de esa carcelera que es la mismidad y transitar, así, con nuestra fugitiva racio–emocionalidad, por los senderos libertarios de la alteridad. Dos meses antes de su deceso, Derrida concedió una entrevista al periódico “Le Monde”. Sus palabras se convirtieron en el artículo mortis del venerable filósofo: “¿Vivir es algo que puede aprenderse o enseñarse? ¿Se puede aprender por disciplina o aprendizaje, por experiencia o experimentación, a aceptar, o mejor, a afirmar la vida? … Enseñar a vivir debería significar, primero, aprender a morir”. 

gonzalohvallejo@gmail.com

 

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