De la inutilidad

Héctor Tabares Vásquez

Bajo las circunstancias conocidas, vividas y sufridas, es evitar encontrar una mente divagando, preocupada en la  serie de conflictos a los cuales es preciso enfrentar, no importa el sitio, ni el lugar. Solo que existen unas limitaciones apenas naturales en relación a la clase de persona, la profesión, oficio, el sexo y la edad, especialmente. Entre tales coyunturas es necesariamente la de  cuidado mayor, indiscutiblemente,  ésta última. Lógicamente no deja de constituir un factor de suma trascendencia en el desarrollo de la tragedia, empezando en el final y continuidad de los hechos.  La problemática tiene un comienzo demasiado fatigoso en el ánimo, el corazón y en atención a los motivos esbozados al momento de sentir cómo los nervios van haciendo su agosto, la inseguridad  empoderándose, los movimientos  pesados, lerdos, imposibilitados en dar  un paso a la actividad,  negándose a convertir en un primario deseo de ayuda y apoyo  a los otros, en  medio de la indecisión y la voluntad fallida. Lo inocultablemente evidenciado, en ocasiones de cierta entidad, de la viviente, es la impotencia, experimentar la amarga interiorización de estar atado, amarrado,  sometido a la aquiescencia de quienes asumen el rol de gestores o de curadores del elemento  humano en esas categorías inherentes a él;  una clase   de nostalgia, de mea culpa, al verse incapaz de ir en pos de la pala, de un azadón, de echarse al hombro los escombros de un cuarto anegado en los mismos, en  aptitud de un alivio transitorio, para los así  considerados  necesitados. La  fase diversa del asunto radica en la obligación entonces de variar, de optar a distinto mecanismo del auxilio, intentando arbitrar de sus propios recursos, idóneamente, fiable, seguro, de  incrementar los fondos destinados al fin. Tema de delicada especie en la  medida de no poder establecer un monto adecuado o propicio hacia el receptor, entendiendo cuál es el nivel de vida, las afujías del presunto destinatario de la asistencia, pero sobre todo, de altísima conveniencia, si en efecto esos aportes de verdad arriban efectivamente a los auténticos favorecidos. En las  condiciones anteriormente comentadas, no resulta viable hallar un camino provechoso de señalar  un sendero realmente de la confianza, de la entereza en el deber de aprestarse a la donación, a prestar el servicio social de indudable consistencia, en particular cuando la suerte y la Divina Providencia ampliaron el cupo de la supervivencia, creando en la íntima del sujeto la cadena de ventajas  y de acciones dignas de valorar. Es como si de la conciencia brotara, surgiera un halo de determinación y del anhelo en revertir unos beneficios  obtenidos en otrora. La voz de la interna exclamando y luchando por la otra cara de la moneda, gritándole al oído en el cometido de despertarlo del largo letargo, en la misión de indicarle las responsabilidades  y  cargas, obviando los derechos repetidos y tantas veces reconocidos, en la calidad de individuo perteneciente a un conglomerado. Quizás lo expresado no representen razonamientos apropiados y en  defecto traduzcan un esguince,  tardía justificación a la desidia, la pereza, la ausencia de aliento y de coraje. De todas formas, lo de recibo es apreciar el criterio y más allá,  una conmoción,  pena real y  no ajena,  significativamente sensible, con el firme propósito de aspirar a cambiar el chip, de encaminar el pensamiento a  posición superior, de  contenido sumamente eficaz. En lo demás, es prematuro entrar en reflexiones de semejante tenor, pues la  senda a recorrer es prolongada y culebrera.

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