De la ardentía a la pasividad

Héctor Tabares Vásquez

Es necesario, previa la  opinión respecto de lo a suceder en nuestro ambiente y en razón del terremoto recién pasado, llevar a cabo algunas consideraciones, asaz imprescindibles y oportunas, dadas las condiciones y circunstancias enmarcadas en  atmósfera impregnada de ruina, tragedia y dolor y sufrimiento. Lo primero en advertir es la magnitud del  daño causado y la cantidad de bienes y de seres  afectados gravemente con el sismo. Es de mucha trascendencia lo preliminar, en la medida en que sea indispensable evaluar los comportamientos de las personas y de la dirigencia, anterior a la crítica y la valoración de las obras emprendidas, de las actuaciones de quienes tienen la inmensa responsabilidad de  afrontar los hechos y de intentar propiciarles un orientación distinta a la observada en los últimos días. Los inicialmente cuestionados no son otros diferentes a los funcionarios y directivos, aquellos designados para atender las penurias y exigencias de tantas gentes y de numerosas propiedades. Sería injusto y un poco exagerado aludir a  negligencia o a la politización de las empresas en vías de estructurar y de emprender las actividades imperativas, en el cometido de darle alivio a la población en emergencia, urgida de techo, de un trabajo, de una asistencia médica. Debemos comprender y dimensionar la clase de calamidad y de desastre, no siendo viable auxiliar al unísono,  a todos los potenciales o reales beneficiarios o moradores en situación de vulnerabilidad y de apremiados en la atención y solución de los  diversas molestias a las cuales se hayan sometidos. Es quizás una sensación errónea pensar en la baja del entusiasmo y de la ardentía exhibida en los  inicios, donde en general estaban prestos a colaborar en las ayudas, hasta cuando los medios y recursos figuraban al alcance y humanamente aparecían presentes en la cooperación de  proporción económica factible y efectiva, así como también en el esfuerzo individual. Sin embargo, no es posible descartar la condena y el desacuerdo a las instituciones encargadas de realizar las acciones pertinentes a fin de remediar los males actuales. En lo personal, allende la representación o la posición de toda especie, creemos, acometer ácidamente contra ellas o ellos, no es de recibo. No existe pérdida de la fe, la virtud de la solidaridad continua indemne, el civismo ha despertado de su eterno letargo y la villa, de todas las calidades,  demostrando poseer vivo el ánimo, de la  voluntad de servicio en aras de regresar a ese nido de amor y de  vida sana y alegre, bandera indiscutible de siempre y permanente en el entorno de la región de Cañarte. Es preciso sacar a la luz, la calma y la paciencia, elementos de inigualable precio a la hora de  las desgracias, en pro de buscar conjuntamente las respuestas a los impases conocidos. 

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