Carlos Patiño
El pasado 10 de agosto, después de 27 años, a Colombia la volvió a sacudir un terremoto de gran magnitud, esta vez de 7,4 grados en la escala de Richter.
Los pereiranos y dosquebradenses vivimos un momento que quedará marcado, sin lugar a duda, en nuestros amargos recuerdos. La tierra se sacudió de manera tan impresionante que algunos pensamos que sería el final del trasegar por la vida.
Durante 90 segundos hubo súplicas a Dios, fuertes ruidos, angustia, gritos, caras de miedo y terror. Se desplomaron casas, edificios, conjuntos cerrados y centros comerciales. Otras regiones de Colombia se vieron afectadas en mayor o menor medida, con un panorama desolador. Lamentablemente, este suceso dejó vidas que se apagaron, familias que se rompieron, hogares que perdieron todo y ciudades que se paralizaron.
Me excuso si irrumpo de alguna manera en la línea narrativa de esta columna, pero quiero dirigir unas palabras: soy dosquebradense, me duele mi ciudad, me duele Pereira, mi departamento y me duele mi país. Me solidarizo con las víctimas que dejó este terremoto y con las ciudades afectadas. Pero ante la desagradable realidad, siempre hay una voz de aliento, personas que buscan reconstruir; construir desde la solidaridad y el amor por el otro.
Extiendo unas palabras hacia mi departamento, especialmente hacia Dosquebradas y Pereira. Somos un pueblo pujante, de progreso e industria, cafetero por excelencia, ciudades construidas por convites comunitarios con nuestras manos. Hemos hecho de nuestro terruño un lugar de resistencia y de civismo que naturalmente ha recibido cualquier cantidad de elogios, como el de ser la tierra de la gente amable, el mejor vividero de Colombia, por el don de su gente y porque nunca nadie es forastero.
Y como dice el himno de Dosquebradas: “A tus húmedas tierras llegaron gentes nuevas de gran promisión. Y estas vidas humildes forjaron un emporio para la región”.
Nos volveremos a levantar uniendo corazones, manos y esfuerzos.
