Por Andrés García
“La historia es tan cierta como usted quiera hacerla y exactamente en la forma en quiera hacerla”, Joseph Conrad (El corazón de las tinieblas, 1899). Esta célebre frase de uno de mis escritores preferidos, Joseph Conrad, autor polaco – huérfano de madre y padre a los once años, marinero mercante francés y luego británico, de donde obtuvo su nacionalidad, capitán de un vapor de río con el que viajó al Congo (inspiración de su obra cumbre) – cobra cada día mayor rigor, cual sentencia premonitoria.
Vivimos en un mundo que creemos conocer. Nos aferramos a hábitos de vida, maneras de pensar y de actuar, convencidos de que estos nos representan creyendo además que el discurso del otro es completamente errático. Quien piensa distinto a mi, está equivocado (Realismo ingenuo). Gran error en el cual hemos caído. El mundo no lo conocemos como es. El mundo lo conocemos conforme somos. En otras palabras, es una proyección de nuestro interior. La naturaleza del observador, altera lo observado. Como el más antiguo de los daguerrotipos, quizá aquel que mencionaba reiteradamente Gabriel García Márquez en Cien años de Soledad, donde la imagen se forma en un espejo de plata muy frágil, nuestras frágiles ideas se materializan en el telón de la vida, mostrándonos aquello que somos y no lo que en realidad es.
Sin ser conscientes de ello, con suma nitidez observamos en la gran pantalla de la vida las imágenes que constatan aquello en lo que nos hemos convertido; por tanto, la vida que vivimos no es la que nos tocó sino la que hemos decidido vivir con aquello que nos tocó. Eso es muy distinto. La historia que conocemos es la historia que nos han contado, que han escrito, cientos, miles, millones de personas a lo largo de los siglos, de donde se infiere la posibilidad de que no todo lo que nos hayan dicho, sea cierto. Lo que sí es cierto es que esta ha sido elaborada por quienes desde su capacidad y conocimiento, con sus herramientas de comprensión, han interpretado y traducido en las cintas de sus pantallas respectivas, aquellos films que heredamos, y que no necesariamente deban coincidir con la realidad acontecida.
La historia de la humanidad es tan cierta o no como ciertas o no son las interpretaciones acerca de la misma por parte de esa humanidad que la ha transmitido, de lo que sucedió, cómo, dónde, cuándo y por qué sucedió. La subjetividad permeó la objetividad, lo otro es solo una proyección de lo propio, el espejo afuera de aquello que se es por dentro. Bajo esta premisa, valdría la pena analizar cuál es la historia que vamos a dejar, aquella que va a ser contada e interpretada por las próximas generaciones: ¿Una historia de violencia o perdón, de enfrentamientos o de reconciliación, de autocompasión o de resilencia, de queja o de superación? ¿Cómo queremos que cuenten nuestra historia? Secretario de Cultura de Risaralda.
