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jueves, julio 25, 2024

Confesión de un karma urbanístico

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Ricardo Andrés De Los Ríos Villegas

Columnista

La palabra karma proviene del sánscrito. La Real Academia Española (RAE) lo define así: “En algunas religiones de la India, energía derivada de los actos de un individuo durante su vida, que condiciona cada una de sus sucesivas reencarnaciones, hasta que alcanza la perfección”.

La mañana del 22 de abril de 1971, la mayor parte de los pereiranos presenciaron con estupor el cadáver de uno de los emblemáticos mangos de la Plaza de Bolívar, ubicado sobre la calle 19, cerca al Bolívar Desnudo. El árbol fue derribado de manera clandestina en la madrugada por empleados de la Alcaldía, bajo el mandato de Juvenal Mejía Córdoba, conocido como “Vacabrava” por sus acciones radicales. El manguicidio, como lo llamaron, fue perpetrado para permitir la visibilidad sobre la fachada del recién inaugurado edificio de la Lotería de Risaralda, cuyo gerente en ese entonces era mi abuelo paterno, Carlos De Los Ríos Barreneche. La malquerencia contra los tradicionales mangos, por parte de algunos ciudadanos, se venía fraguando desde años antes. En 1963 el maestro Rodrigo Arenas Betancourt, solicitó que fueran retirados para permitir la visibilidad de una de sus obras más emblemáticas, el Bolívar Desnudo. Supe, por el libro que escribió mi padre sobre mi abuelo, que Carlos le envió una carta a Vacabrava solicitando tumbar el mango, con el argumento no sólo de la obstrucción de la vista sobre la fachada, sino también en supuestos riesgos estructurales asociados a las raíces del árbol que alguien le sugirió. El hecho despertó la indignación de un amplio número de ciudadanos que escaló rápidamente al Concejo Municipal, quienes se reunieron de manera extraordinaria para debatir el manguicidio. Se resolvió, mediante Resolución No. 28 del mismo 22 de abril de 1971, ordenar al Personero Municipal interponer una denuncia penal contra el alcalde Juvenal Mejía Córdoba. Incluso la Secretaría de Planeación se lavó las manos y emitió un comunicado donde rechazaba el proceder de su jefe, el alcalde.     

Esta vergonzosa anécdota me la contó mi padre, Ricardo De Los Ríos Tobón, fallecido en marzo del presente año (2021), historiador de corazón y quien fuera hasta hace unos meses el presidente de la Academia Pereirana de Historia. Ahora bien, ¿cómo se relaciona esta breve crónica pereirana con la palabra karma?.  Desde hace más de 25 años yo, Ricardo Andrés De Los Ríos, nieto de Carlos De Los Ríos Barreneche, autor intelectual del manguicidio, en mi condición de arquitecto, me he dedicado a procurar el desarrollo urbano de la ciudad, con especial interés en promover los parques y defender los intereses del espacio público. Gané el concurso para la remodelación del Centro Tradicional en el año 1998, ampliando los andenes e incorporando árboles donde antes no existían; hice parte del equipo formulador del nuevo Plan de Ordenamiento Territorial, en defensa del espacio público (2016); diseñé las intervenciones recientes de los parques de la Avenida Circunvalar (2019), entre otros proyectos. De alguna manera pareciera haber asumido el karma que dejó mi abuelo por su pecado, quien en este momento podría estar purgando su pena en uno de los círculos del infierno dedicado a quienes destruyen la naturaleza por capricho. Es curioso que yo naciera precisamente en el año 1971, y casi en el mes en el que se tumbó el mango, como si parte de ese espíritu que emergió del cuerpo del árbol caído, ese kami, como lo llaman los sintoístas japoneses, reencarnará en mí con la misión de reponer el daño causado. In memoriam de mi padre y de mi abuelo, que en paz descansen (en especial mi abuelo).

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