15.4 C
Pereira
jueves, abril 25, 2024

«Como digo una cosa, digo otra»

Es tendencia

- Advertisement -

A nadie sorprende el nuevo camino que ha emprendido el presidente Gustavo Petro. Es cada vez más evidente su pérdida de apoyo político y el descenso vertiginoso de su popularidad y frente a estas circunstancias solo parece quedarle una opción: proponer una asamblea nacional constituyente. El país escuchó la propuesta sin extrañarse. Petro nos ha acostumbrado a desdecirse, a dejar en claro que «como dice una cosa, dice otra». Cada día es más evidente que sus frases de campaña eran solo un acomodamiento estratégico para llegar al poder, pero que una vez conseguido las va a contradecir para intentar instaurar en Colombia un régimen de izquierda totalitaria lejano del concepto de democracia al que él interpreta como el culpable de todos los males nacionales. 

Su incapacidad política y administrativa y su obsesión ideológica lo llevarán a la confrontación. Bien expresó en su discurso que «se van a organizar los comités municipales, es decir las organizaciones de base que se movilicen, se junten: convocar al pueblo a la movilización a la calle, al debate, a ejercer el poder constituyente». Estrategia típica de la izquierda que acompañará después con mingas, movilizaciones de la militancia, de indígenas, cimarrones y primera línea para producir bloqueos, paros y todo tipo de enfrentamientos que le permitan hablar de crisis y darle legitimidad a la lucha de clases. 

Petro sabe bien que el Congreso no avalará su intención «constituyente» y que la 

institucionalidad nacional intentará atravesarse. Por eso acude al concepto de proceso constituyente que no es otra cosa que un choque ciudadano en las mismas calles. Expresa simultánea y categóricamente que no intentará reelegirse para no producir resquemores tempranos, pero faltará a su palabra de nuevo una vez tenga al país convulsionado. Toda esta estrategia requiere de adecuados sofismas de distracción para desviar la atención y para alimentar las confrontaciones: un nuevo reordenamiento territorial (nada mejor para dividir las fuerzas en las regiones), eliminación de los aportes privados a las campañas políticas (debilitamiento de las huestes contrarias), una reforma a la justicia (un toque humanista para su propuesta) y reformas a la salud y a las pensiones (banderas derrotadas en el legislativo). La mayoría de todas estas propuestas son improvisadas y carentes de diálogos y concertación y parecen amenazas desesperadas contra sus enemigos y contradictores.

Todo esto es un juego peligroso que puede conducirnos a escenarios de violencia generalizada aun calientes en nuestra memoria y no hay que ignorar que la «derecha» siempre encontrará en la guerra civil un ambiente cómodo ni olvidar que ha salido siempre avante en los más de doscientos años de luchas y enfrentamientos.

El presidente pareciera desconocer, si es que algún día lo supo, que para producir una revolución por las vías pacíficas y democráticas es necesario un enorme y sólido liderazgo que es lo que ha destruido y desperdiciado a borbotones en casi veinte meses de gobierno. ¿Acaso solo le queda entonces el camino de la lucha armada?

A todas éstas, me pregunto si todavía alguien le cree a Petro. Incluso en sus círculos más cercanos. Él mismo es su peor enemigo y cada día es un ser más aislado y solitario. Muchos de sus compañeros de lucha han abandonado el barco —algunos incluso con discursos disonantes y de desaprobación— y los que aún quedan no encuentran un norte común, ni tan siquiera una manera de hablar con su capitán. Colombia es un barco a la deriva con un comandante que no navega y que en medio de la tormenta se dedica tan solo a escribir sobre teorías ideológicas y filosóficas.

Para estar informado

- Advertisement -
- Advertisement -

Te puede interesar

- Advertisement -