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lunes, mayo 20, 2024

Clonar a Santiago Londoño

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Luis García Quiroga
Columnista

Un gran pereirano del cual un día tendrán que hacer una película, es el médico Santiago Londoño Londoño, auténtico emblema del civismo ajeno al contrato, comisión, viáticos o aumento de salario por gestión realizada. A él no había que darle. Él daba. Era un filántropo y de eso, parece que ya no queda.

Con motivo del centenario de su natalicio, acaban de escribir un libro que aún no compro, pero leí con mucho deleite la reseña que hace el gran Gustavo Colorado en el portal La cebra que habla.

Como tantos otros de mi generación, tuve el privilegio de tratarlo y la ocasión de ser su invitado con Martín Alonso Parra a su apartamento del edificio a espaldas del Palacio Municipal en 1980 (creo) cuando lo visitó el embajador de la entonces URSS.

Salta a mi memoria la historia singular de quien lo comparó con Don Abundio, el personaje que no tuvo infancia según la caricatura argentina, pues su padre, también médico, lo obligaba a estudiar mientras los otros niños jugaban, de donde -ya adulto- se deduce su pasión por el peligro, en el cual murió.

Hombre sobrio y de palabras precisas fue el Dr Santiago. Su mejor amigo, el médico Ricardo Mejía Isaza me narró aventuras de Londoño, como aquella de su viaje a Cuba para ayudar a la campaña Fidelista de salubridad nacional y a su regreso, con el propósito de hacer una pausa de descanso lejos del ruido, aterrizó en su avioneta en una playa de Nuquí Chocó, donde le sorprendió que la población afrocolombiana no conociera la leche.

Tomó entonces la avioneta y se dirigió a Buenaventura en donde compró dos vacas y dos toros reproductores, contrató una barcaza y volvió a volar a Nuquí en donde descansó mientras llegaba el ganado.

Ya con los semovientes en tierra, les enseñó a los habitantes de Nuquí a ordeñar, a hacer queso, kumis y explicarles que la leche es alimento vital para los niños.

Hecha esta labor viajó a Pereira y un año después retornó a Nuquí encontrando que habían sacrificado las reses, se las comieron y los cueros adornaban los pisos en tierra pisada.

Como aún no leo el libro en su memoria, ignoro si allí está esta historia que ilustra el espíritu filantrópico del Dr. Santiago y que cuento como me la contó el Dr Mejía Isaza (otro grande esa generación) con la misma alegría de corazón que merece ser recordado el gran pereirano que fue Santiago Londoño Londoño, único -y por el espíritu decadente y mercantilista de nuestra clase dirigente- al parecer, irrepetible.

Me gustaría estar equivocado; y desde esta columna, invocamos el espíritu magnánimo y la grandeza que ahora, en esta crisis sanitaria, económica y social, como nunca antes, Pereira necesita de sus mejores mujeres y hombres, como si hubiéramos clonado al Dr. Santiago.

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1 COMENTARIO

  1. Don Luis,
    muchas gracias por su nota de homenaje al Santiago Londoño que usted y yo conocimos y tratamos desde diferentes ángulos, pero que coincide en lo altruista, generoso y desprendido.
    Hace 35 años el doctor Jorge Grisales Pérez, amigo también de Santiago escribió: «Alguien hará algún día la biografía de Santiago, pues es densa, científica e interesante.» Asumí el reto sin alcanzar las metas de Grisales, pero como 2020 es su centenario, aunque lejos de estar completa, no podía dejarlo pasar.
    Me colaboraron Marta González (hija del poeta Luis Carlos), el crítico de cine Germán Ossa y el historiador de la UTP Jhon Jaime Correa. Ojalá alguien le contara al alcalde, la secretaria de cultura y a los concejales lo que celebramos los pereiranos y recordaran que además del teatro, celebramos un legado digno de repetir. Muchas gracias.

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