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jueves, julio 25, 2024

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Con la presunción de inocencia, a la cual tiene derecho todo ciudadano o grupo imputado por un delito y evocando la ley de legítima defensa, reflexiono desde la ética sobre lo sucedido en la Avenida de los Colibríes. Hace aproximadamente 10 años nació en Pereira en cabeza de un muy joven político, la idea de liderar un “cambio” de ruta y de administración desde lo público y social. Alrededor de este “noble” ideal se juntaron otros jóvenes más y formaron una avalancha de ideas y estrategias que sedujeron al electorado hasta llevar a su fundador a ostentar la alta magistratura de la ciudad con una “lluvia” de votos, como no se había presentado antes.
Todo marchaba al compás de un ritmo vertiginoso de novedades y aplausos venidos de todas partes, tanto que les dio para una nueva administración y una representación de “alto calado” a nivel nacional. Pero, a lo que “Dios no se le pide que cuide, el diablo lo destruye”, vinieron un sinnúmero de problemas que, dada la inexperiencia de este grupo de jóvenes líderes en lo público, no supieron manejar, y el desgaste, muy prematuro, por cierto, comenzó a pasarles factura.
Que las obras en la primera administración quedaron inconclusas, que el segundo administrador era soberbio y no escuchaba, que los jóvenes pertenecientes al grupo central parecían “millennials” y estaban muy lejos de las necesidades del pueblo, que se dispersaron, que ya no estaban compactos, que la ambición los permeó, etcétera. Todo esto destruyó un proyecto viable, sincero y feliz para el presente y futuro de la ciudad.
La decepción y el desencanto se han apoderado de la ciudad por estos días, los que antes los aplaudían, ahora los condenan, y con justa razón, se sienten defraudados y “robados” en la buena fe y en el erario. La avaricia es uno de los grandes pecados capitales y la corrupción una de sus hijas más nefastas. A este grupo de jóvenes inteligentes, soñadores y dispuestos que hace 10 años nos hicieron vibrar, los traicionaron tres cosas que a todos nos pueden suceder: el orgullo, la inexperiencia, y la más fatal, la avaricia.
Gobernar un pueblo desde lo público necesita humildad, y parece que se les esfumó; necesita escuchar, y parece ser que se escucharon sólo ellos; necesita honradez y es la que seguramente en la espiral “atronadora y avasallante” de la administración del erario, parece ser, no supieron controlar. La política es el “arte de servir” afirmaba Aristóteles, pero también nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: “gobernar es el don que Dios da a algunos elegidos por el pueblo para impartir justicia, equidad y bien para todos, sin distinción”.

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