Gonzalo Hugo Vallejo Arcila
El 7 de mayo de 1824 se estrenó en Viena la Novena Sinfonía del músico alemán Ludwig van Beethoven, el compositor más importante de la historia de la música. Habían pasado diez años desde el día cuando “el divino sordo” intentó despedirse de su maestro Haydn y del mundo con una corta, alegre y grácil Octava Sinfonía. Beethoven estremeció los palcos palaciegos con aquel portentoso y singular concierto sinfónico coral. Fue la primera vez que se incorporaba la voz humana en un deslumbrante final para orquesta: cuatro solistas y un coro mixto cantaban en alemán los versos de la “Oda a la alegría”, del poeta alemán Friedrich von Schiller (“Alegría hermosa chispa divina, / hija del Eliseo, / ebrios de entusiasmo entramos, / ¡oh diosa! a tu santuario…”). Objeto de un sinfín de arreglos, esta magna obra fue declarada por la Unesco, en 2002, Patrimonio Cultural de la Humanidad…
El último movimiento de esta sinfonía fue adoptado en 1972 por el Consejo de Europa como su himno y en 1985 fue proclamada por los jefes de Estado europeos como el epinicio oficial de la Unión Europea. No nos referiremos hoy a su paso atormentado, indómito e irascible por estos lares. Goethe, el eximio polímata alemán, lo detestaba desde ese fugaz encuentro en Teplitz (1812): “Sin duda, no le falta razón al encontrar el mundo tan detestable, pero tampoco, por su actitud, lo convierte en el más agradable”. Tampoco hablaremos de su extenso repertorio (numerosas oberturas, 32 sonatas para piano, 16 cuartetos de cuerda, 7 tríos, 10 sonatas para violín y piano, una ópera, 5 conciertos para piano y orquesta, uno para violín y orquesta). Sólo intentaremos acercarnos, de manera modesta y profana, al reino silencioso, mágico y tormentoso de sus sacras realizaciones…
A finales de 1800, empieza a escribir la Segunda Sinfonía en Re mayor. Allí, en esos rezongueos que salen de su clavicordio, busca refugio ante la tristeza y pesadumbre que le producen su inminente e inexorable sordera. (“¡Actúa en vez de suplicar! ¡Sacrifícate sin esperanza de gloria ni recompensa! Si quieres conocer los milagros, hazlos tú antes. Sólo así, podrá cumplirse tu singular destino”). Cuando pensó en el suicidio al conocer su sordera en 1802, reaccionó así: “Me parece inconcebible despedirme de este mundo sin haber realizado todo lo que soy capaz de producir… la genialidad se compone así: un 2% de talento y un 98% de perseverante aplicación». Yo Yo Ma, un chelista estadounidense, dijo: “Al interpretar a Beethoven, debemos recordar quién era él y cómo está plasmado su genialidad en la música… Luego debemos ser conscientes de que no somos Beethoven”.
Con la Noven Sinfonía Beethoven sella su vocación pacifista que ya se vislumbraba aquel día cuando, 20 años atrás, rompía la dedicatoria hecha a Napoleón Bonaparte en su Tercera Sinfonía, al proclamarse éste, emperador de Francia. Enfurecido Beethoven, exclamó: «¡No es más que un hombre vulgar! ¡Sólo satisfará su ambición y, como tantos, hollará los derechos del hombre para ser un tirano!». Viena y el mundo de la música se preparan para conmemorar el 26 de marzo de 2027, los 200 años de la muerte del gran bardo sinfónico. En uno de los apartes de la oración fúnebre escrita por el dramaturgo austriaco Franz Grillparzer, se lee: “El que venga luego de él, no lo continuará: deberá empezar de nuevo puesto que este hombre ha terminado su obra donde están los límites del arte”. “Requiescat in pace” para quien alguna vez, quiso conjurar su silencioso destino.
“Aplaudid amigos, la comedia ha terminado”, parecer ser que éstas fueron sus últimas palabras.
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