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domingo, junio 16, 2024

Año 2080. 50 años después del colapso educativo

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¿Y quién controla?

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El aprendizaje por competencias era una de las modas pedagógicas más difundidas en aquella época. Este modelo educativo, al igual que otros esquemas importados, era el santo grial del antiguo Ministerio de Educación, entidad regentada por baluartes de obsoletos paradigmas educativos que algunos países comenzaban a abandonar. Estos oficiantes del evangelio neoliberal, consumista y globalizante, seguían preconizando las supuestas bondades del gran capital y atacaban todo intento de renovación curricular por considerarlo abstruso y poco práctico. Con enfoques pragmáticos de enseñabilidad, supuestamente se preparaba al educando para la vida real a través del desarrollo de habilidades y actitudes que le serían útiles en un futuro próximo y que, por arte de magia, los haría sujetos autónomos y responsables, auto–gestores de procesos de aprendizaje.

Un glamuroso catálogo de habilidades, previamente diseñado en forma de vademécum y conocido como “estándares de competencias”, permitía a maestros evaluar y promocionar cómodamente a sus alumnos. Esas aptitudes aprehendidas, viabilizarían formas eficaces de actuar, resolverían problemas y conflictos y se afrontarían retos cruciales y vitales. Con ese tipo de aprendizaje se combatían nuevoscriterios basados en la idea de que el conocimiento no era estático, sino algo dinámico y cambiante que se (de) reconstruía en función de situaciones y entornos definidos. “Saber hacer en contexto”, era el clisé que se repetía en aquellas comunidades educativas. Pero algo extraño sucedía: las cosas no cambiaban; la vida escolar seguía siendo monótona; las aulas de clase permanecían vacías; directivos, docentes y estudiantes se trenzaban en pugnas y discusiones baladíes.

Se instrumentalizó la idea y la volvieron algo distante del deseo de entronizar una pedagogía problémica y alterativa; se desvirtuó el sentido de la racio–emocionalidad; pasaron a un segundo plano la historicidad y criticidad y el sentido prospectivo y epistémico, propios del quehacer científico y humanístico. Se fragmentó el conocimiento por un uso inadecuado del análisis; se perdió la visión holística y sistematizadora de las áreas del saber; se demeritó el pensamiento complejo y alterativo; se le rindió culto al dato y a la memoria; se proscribió el pensamiento crítico y divergente; se despreció el diálogo generacional y se reverenciaron las culturas emergentes; se trivializó y genitalizó la sexualidad; los códigos de convivencia se manualizaron y se volvieron códigos punitivos. La imaginación era considerada “la loca de la casa” y la mente fungía de cruel carcelera… 

La calidad educativa, sumida en estadigrafías, sofismas, eufemismos y entelequias, se tornó etérea y disuasiva. Colapsaron los planes y programas educativos al ir éstos a la zaga de los adelantos tecnológicos; se satanizaron las TIC; se prohibió el uso de celulares y laptops en las aulas de clase; el mundo de la edu–comunicación era reacia a la llegada del metaverso y la neuro–pedagogía. Las viejas universidades desaparecieron e irrumpieron tímidamente los centros de pensamiento. Las pruebas Saber y Pisa perdieron su razón de ser. Se proscribió la idea de que el conocimiento fuera un constructo circular, multidireccional e interactivo. Se restó importancia a la reflexión como guía para la acción argumentativa. La evaluación se redujo a una serie de indicadores de logros y dejó de ser la base de todo proceso pedagógico riguroso, sistémico, retroalimentador y profundo. gonzalohvallejo@gmail.com

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