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martes, julio 16, 2024

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Héctor Tabares Vásquez
Columnista
Sentimientos encontrados en una época propicia hacia el reencuentro y la congregación de la familia y en algunos casos, de los amigos. Genera momentos de inmensa alegría y a la vez de profundos instantes impregnados de nostalgia, complementados con vacío y ausencias. Es la razón de la dualidad y de una combinación tan insólita, lógicamente natural y demasiado obvia. Es la vida, colmada de contrastes, ir y venir, una incansable lucha en sobrevivir y en hacerlo plácida y cómodamente. De ahí que al tiempo de realizar un balance, de un corte de cuentas en la existencia, es imperativa la obligada referencia a la situación real y evidente de uno en la calidad de ser humano pleno de debilidades y de contradicciones. Sea lo primero expresar un júbilo inconmensurable motivado en la proximidad al octavo escalón, de percibir aún los aleteos de la vitalidad y de gozar de una tranquilidad mesurada, gracias a la misericordia de Dios. No es para menos en una fase en la cual los sobresaltos cunden intensos, la complejidad de lo experimentado en los últimos meses, ha tenido una connotación muy especial, dada la necesidad de un enclaustramiento inédito, de unas circunstancias únicas y de un modo de desenvolverse completamente anormal.

En este estado de cosas, no es por demás advertir la influencia provechosa del incordio, en las relaciones de surtida especie, en una cerrada e inigualable comprensión en la manera de comportarse frente a la desgracia y exclusivamente, ante quienes de uno u otro aspecto, coyunturalmente, no es posible una cercanía, un abrazo, una ayuda o la solidaridad en los episodios negativos a su paso. Quizá el confinamiento produjo reacciones de variado tipo, emociones de diversa índole, conductas de toda clase, empero, no puede extrañarse la sacudida sufrida en la mentalidad de personas como nosotros, acostumbradas a tomar las hechos de un estilo poco ortodoxo, relajados, impenetrables, ajenos a las exigencias y angustias de los otros. La enormidad de los problemas sabidos, ya avisados, tozudos y compañeros inseparables de nuestras actividades, cogieron forma y gritaron a voces llenas, la objetividad de un universo totalmente opuesto al considerado y permitido en una cotidianidad rutinaria y perversa. Es presuntamente la causa en una disminución leve de la polarización de los espíritus, de almas abiertas a la discusión culminada en la demencial actitud de revertir violentamente las opiniones contrarias.

Las condiciones anteriores y las futuras, es conveniente asumirlas bajo determinadas medidas y en medio de la turbulencia, adquirir una posición de carácter mayormente definido, pensando en grande, positiva y creativamente, en sincerarse consecuentes y admitir la gravedad de los incidentes en curso, pero también en creer sensatamente en la solución, en un acontecer prometedor atendiendo los anuncios, no solo del descubrimiento de los antídotos, sino así mismo de un acierto en las negociaciones y en la probabilidad de una aplicación masiva, eventos indudablemente de una categoría y trascendencias infinitas, afirmándonos de nuevo en la certeza de un devenir de color dispar a ese negro y gris escoltándonos durante todo un año. En el entorno de la incertidumbre, del miedo y el temor, de la zozobra, de noches de insomnio, días plagados de rumores enfermizos, asistimos en buena hora a una etapa superada en lo fundamental y la desmedida ansiedad y el anhelo de contarse entre los resistente a las contingencias de una amarga y nunca bien deseada aventura global de la magnitud y los resultados conocidos. Navidad y Año Nuevo encaminados a lamentar lo sucedido, meditar en la prevención a corto y largo espacio, rendir homenaje y guardar el grato recuerdo de los fallecidos dejándonos y en particular de aquellos sacrificados en aras de un mundo mejor.

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