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jueves, julio 25, 2024

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Por: HÉCTOR TABARES VÁSQUEZ

En el medio donde uno se desenvuelve, es común y corriente escuchar voces orientadas a anatematizar opiniones, con la posibilidad de encuadrar una conducta o las acciones de determinados sectores o personas. Y ello ocurre en los casos en los que lo expresado obedece a la posición ocupada o la actividad desempeñada a cargo de alguien sumido en el ocio y la vagancia, implícito en “la sabiduría popular o en el inconsciente colectivo”, según los expertos. Ya no es un concepto fruto de la reflexión o de la creatividad, quedando o vertido en un sumidero de entelequias y disparates. No obstante, es de rigor continuar luchando contra eso e incluso incluyéndose uno mismo en ese paquete de críticas adversas, justificadas o no. Es el producto   y el resultado de comparar las épocas en relación al comportamiento del ser humano en unas y en otras. Antes de la denominada pandemia, ubicándonos en el ambiente propio y territorial, las costumbres y ejecutorias del hombre tenían la caracterización inmanente a la manera de procederse y de obrarse a la sazón y en tal intensidad, sería preciso sostenerse en una especie de “calma chicha”, transitándose a través de las inquietudes y zozobras de rango normal y de un sucederse completamente tranquilo. Lógicamente vino la ruptura de esa pacífica y poco preocupante forma de obrar, llegando a encasillarnos en actitudes de las cuales no podía desprenderse cosa diferente a la enfermedad grave, la muerte, y en la mitad de la tragedia, un montón de restricciones capaces de convertir la existencia, en un mar de lamentos y de desgracias. La t transformación social sufrió una extrema postura desde el punto de vista del pensamiento y de los principios, de cuya subsistencia aún persiste, Presumiblemente catalogados los actos del individuo y de la comunidad, de solidarios, mostrándonos de otra categoría, denotando humildad y sencillez y enviando el orgullo y la prepotencia, al otro lado de la vía. Pero además y en particular, a enseñarnos el exacto revestimiento inherente a nuestra identidad cultural, y de la insignificancia ondeante y rondando la cabeza, exclamándonos y gritándonos lo débiles y frágiles ante las plagas y las bacterias, Superada la crisis, solucionado el problema, salimos adelante, sobrevivimos muchos de aquellos considerados más para la orilla contraria. De cierto modo, poseíamos la certeza de haber cruzado por unos momentos de tanta trascendencia, pasando a ver el mundo de sesgo diverso y en especial, a sentir la necesidad de una disposición de mayor comprensión hacia los demás. Vana ilusión Transcurrido algunos años, hemos olvidado la lección y vuelto a las andanzas. Como si no hubiera pasado nada y ahora somos soberbios, altivos, radicales, indolentes y lo excesivamente mortificante, totalmente deshumanizados.

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