Por: Rodrigo Tabares Ruiz
Las redes sociales llegaron para conectar al mundo, pero, paradójicamente, también están comenzando a desconectarnos de nosotros mismos. En Colombia, la adicción a estas plataformas dejó de ser una preocupación exclusiva de las familias o de los especialistas en salud mental: se convirtió en un problema de salud pública que afecta especialmente a niños y adolescentes.
Según un estudio de la Comisión de Regulación de Comunicaciones, los menores colombianos utilizan el teléfono inteligente, en promedio, 8,9 horas entre semana y 7,2 horas durante los fines de semana. El 61 por ciento tiene celular propio y, entre los adolescentes de 14 a 17 años, la cifra asciende al 81 por ciento. Además, el 77 por ciento de este grupo tiene una cuenta activa en redes sociales.
No se trata de satanizar la tecnología. Las redes pueden ser herramientas de comunicación, aprendizaje y entretenimiento. El problema aparece cuando dejan de ser instrumentos y se convierten en una necesidad. Cuando cinco minutos se transforman en horas; cuando el sueño, el estudio, el trabajo o las relaciones familiares comienzan a sacrificarse por una pantalla.
Las plataformas están diseñadas para retener nuestra atención. Notificaciones, “me gusta”, comentarios, recompensas y contenido infinito activan el sistema cerebral de gratificación y liberan dopamina. En niños y adolescentes el riesgo es mayor, porque las áreas del cerebro relacionadas con el autocontrol y la regulación emocional aún están en desarrollo.
La pregunta, entonces, no es si usamos las redes, sino si todavía tenemos control sobre ellas. La irritabilidad cuando no hay conexión, la incapacidad de limitar el tiempo de uso, la pérdida de interés por actividades antes placenteras y el aislamiento del entorno cercano son señales de alerta que no deben ignorarse.
La solución tampoco consiste en prohibir la tecnología. El camino está en aprender a utilizarla de manera consciente. Establecer horarios, desactivar notificaciones innecesarias, proteger el sueño, limitar el tiempo de pantalla y recuperar espacios de conversación, deporte y convivencia son medidas necesarias.
La familia tiene una responsabilidad fundamental. No desde la vigilancia permanente ni desde la prohibición absoluta, sino desde el acompañamiento y el ejemplo. Un niño que aprende a tolerar el aburrimiento, gestionar la tristeza y enfrentar la ansiedad sin refugiarse siempre en el celular desarrolla mejores herramientas para resistir el enganche digital.
El Congreso recibió un proyecto de ley que propone prohibir el acceso a redes sociales para menores de 16 años. El desafío no es apagar las redes sociales. Es impedir que terminen apagando nuestra capacidad de vivir plenamente fuera de ellas.
