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domingo, mayo 19, 2024

Acerca de La Vorágine

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Por: Andrés García

Uno de los libros que vale la pena volver a leer por estos días, a propósito de la invitación que en días pasados hiciera el Ministro de las Culturas, los Artes y los Saberes, Juan David Correa, es La Vorágine del abogado José Eustasio Rivera, cuya primera edición data de 1924, obra acerca de la vastedad y la porosidad de las fronteras.

Bajo el sello Universidad Nacional de Colombia y preparada por la Facultad de Ciencias Humanas, una colección denominada Espejo de Vida, la cual me encuentro leyendo, honra – a través de la prosa poética – las expresiones idiomáticas del castellano de entonces, con la osadía y cadencia de la época que logra calcar en cada una de sus páginas el autor colombiano, quien falleció súbitamente el primero de diciembre de 1928.

“Y así, engañándome con mi propia verdad, creí conocer todas las pasiones, y sufro el hastío de ellas, y prosigo desorientado, caricatureando el ideal para sugestionarme con el pensamiento de que estoy cercano a la redención. La quimera que persigo es humana, y bien sé que de ella parten los caminos para el triunfo, para el bienestar y para el amor. Más han pasado los días y se va marchitando mi juventud sin que mi ilusión reconozca su derrotero; y viviendo entre mujeres sencillas, no he encontrado la sencillez, ni entre los enamorados el amor, ni la fé entre las creyentes. Mi corazón es como una roca cubierta de musgo, pero allí nunca falta una lágrima. Hoy me ha visto usted llorar, no por la flaqueza del ánimo, que bastante rencor le tengo a la vida: lloré por mis aspiraciones engañadas, por mis ensueños desvanecidos, por lo que no fui, por lo que ya no seré jamás”. (Transcrito textual fiel a la obra original).

Este fragmento extraído de La Vorágine es reflejo del amplísimo universo del pensamiento de su protagonista, el cual expresa no solo por medio de la calidad de su contenido poético, generoso, vigoroso en recursos literarios y semánticos, sino también en su capacidad de sondear los abismos de la condición humana, esa misma que por momentos nos lleva a mirar el rostro de la nostalgia desde los sueños incumplidos, probablemente desde las aspiraciones inoculadas por la cultura, la misma que nos lleva a apropiarnos del sueño del otro y, no muchas veces, defender con la vida el propio.

La Vorágine, más que una novela de la selva, la violencia o las caucherías, que en mal momento nos obligaron a leer en las escuelas y colegios, (Uno no accede al universo literario por imposición. Uno se enamora de los textos cuando se deja provocar por estos y eso es lo que la cultura y el sistema educativo principalmente deberían estimular: la provocación literaria, nunca su imposición), es una obra acerca de la vida en la frontera, la diversidad cultural, lingüística, biológica, botánica, geográfica, en el basto mundo del pensamiento humano, hermoso en medio de su tragedia. 

Leer La Vorágine no es cuestión de moda. Es una responsabilidad con el país en el que vivimos, con nuestra biodiversidad cultural, con la historia presente y futura. Es un bello acceso a la comprensión de gran parte del pensamiento actual y el deber ser futuro social. *Director de Cultura de Risaralda.

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