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martes, junio 18, 2024

20 de julio de 1810. Otra historia por contar

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Gonzalo H. Vallejo A.

L a ajironada cátedra de Historia de Colombia nos enseña que “el florerazo” y los insucesos del 20 de julio de 1810 inspiraron la lucha independentista. Este tímido movimiento realmente había comenzado y abortado décadas antes de la Independencia de EE. UU. (1776) y la Revolución Francesa (1789). En 1781, Manuela Beltrán rompía el edicto del rey que ordenaba más impuestos (“Viva el rey y abajo el mal gobierno”). Miles de comuneros comandados por José Antonio Galán marchaban hacia Santa Fe de Bogotá y lograban que el virrey Manuel Antonio Flórez saliera huyendo de la Nueva Granada. 28 años después del exterminio de la causa comunera, nuestra causa patriotera se reducía a un tinglado en el cual criollos y chapetones, miembros de una clase política arribista, se disputaban el botín alcabalero y las gracias de la realeza española y la alta burocracia virreynal. Se sabe que ese 20 de julio no se firmó declaración de independencia alguna. Lo que realmente se firmó fue el apoyo irrestricto a Fernando VII, un díscolo y apocado autócrata, prisionero de los intereses geopolíticos bonapartistas. “Juramos por el Dios que existe en los cielos (…) derramar hasta la última gota de nuestra sangre por defender nuestra sagrada religión católica, apostólica y romana, nuestro amado monarca Fernando VII y la libertad de la patria (…)”, son apartes del “Acta de Independencia”, texto que miraba de soslayo las ideas de la Revolución Francesa conocidas bajo el fementido cliché de “libertad, igualdad y fraternidad”, expresiones que reñían con la cruel y vergonzosa esclavitud de la época y los verdaderos intereses de la élite provincial neogranadina, temerosa de perder sus privilegios ante la inminente caída del monarca español. Comienza así, un período de nuestra historiografía libertaria conocida como “la patria boba”, término peyorativo utilizado por Antonio Nariño en su impreso “Los toros de Fucha” (1823). Este pasaje, al igual que otros (dudosas batallas y almidonados y artificiosos liderazgos), no han podido ser explicados en “La nueva cátedra de Historia de Colombia” (Ley 1874 de 2017). Se inició otro show académico, sin un claro propósito curricular e identitario, luego de su extraña desaparición hace 34 años bajo el signo de la censura y el silencio cómplice de la Academia de Historia. Los historiogramas oficiales están pletóricos de fervores eurocentristas, realismos mágicos, míticos héroes. En esas narracines épicas tropicalistas se patentizó “La insolente longevidad del héroe patrio” como la llamó el historiador Rodolfo Ramón de Roux resumida en el viejo aforismo orweliano (George Orwell, “1984”): “El que detenta el presente posee el pasado, el que posee el pasado detenta el porvenir”. La nueva y verdadera historia de Colombia no debe ser más una narrativa heroicista, autocrático, academicista, pseudo moralista, guerrerista y patriarcal. Debe ser una disciplina humanista, sistémica, funcional, crítica, contextualizada, holística y socioambiental; debe tener una nueva mirada presentificadora y futurizante, previsora e inter–trans–disciplinaria; debe contener un rechazo abierto a la historiolatría retrechera, al relato bucólico y fantasioso signado por narrativas de poder donde “los de arriba” cuentan a “los de abajo”, sus tediosos fabularios con sus diégesis y mímesis míticas colmadas de sublimadores episodios y mendaces anecdotarios. Allí se le hace creer a unos estudiantes perplejos la forma “mágica” cómo se establecieron en su patria relaciones coercitivas de alienación ideológica y dominio económico y sociopolítico sin entender las circunstancias a través de las cuales se hizo realidad el oscuro presagio de Policarpa Salavarrieta, una de nuestras escasas heroínas:“¡Pueblo indolente! ¡Cuán distinta sería hoy vuestra suerte si hubierais conocido el precio de la libertad!”

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