Gonzalo Hugo Vallejo Arcila
En su lecho mortal florentino, a los 77 años, aquella periodista italiana perdía su batalla contra un cáncer pulmonar. Los recuerdos pasaban por su mente cual si fuera un frenético celuloide. Una adolescencia embolatada al lado de sus parientes partisanos durante la II Guerra Mundial; el cubrimiento de la Guerra de Vietnam (1969–1975) y la edición de su libro “Nada y así sea” donde denunció la sevicia genocida de ambos bandos; el Conflicto Árabe–Israelí a lo largo de los años 70 y su opción decidida por la Causa Palestina; la Guerra Indo–Pakistaní de 1971 y la Toma de Bangladesh; la Revolución Islámica de Irán (1979) y su confrontación temeraria con el Ayatollah Khomeini; la Guerra Civil Libanesa (1983) y la cruenta toma de Beirut que inspiraron su novela “Inshallah”; sus últimas corresponsalías en la Guerra del Golfo (1991). Destacaremos sus crónicas desde México.
Fue el cruento episodio de Tlatelcoco (1968). Mientras cubría las protestas estudiantiles previas a los Juegos Olímpicos, el ejército abrió fuego contra la multitud. Oriana recibió 3 disparos; fue dada por muerta siendo rescatada en la propia morgue. Cubrió los disturbios durante la Rebelión Racial de Detroit (1967) y la muerte en Memphis de Martin Luther King (1968). Fue testigo presencial de los atentados del 11 de septiembre (2001). Este hecho la obligó a romper su silencio de décadas; levantarse de su lecho de enferma y escribir su explosiva y controvertida trilogía ensayística (“La rabia y el orgullo”, 2001; “La fuerza de la razón” y una “Auto–entrevista”, 2004). El periodismo independiente resaltó su legado al conmemorarse los 20 años de su sensible fallecimiento (15–09–2006). “Entrevista con la historia” (1974), su excelsa obra, logró colarse entre los catecismos marxistas de la época.
El libro se leía en la universidad a pesar de las suspicacias que despertaba en el “mamertaje” la forma divergente de mostrar el paso de los seres y las ideas por los escenarios políticos del siglo XX. Rescatan de su gran abintestato esa aguda mirada sobre la eticidad del comunicador. Todo arrancó cuando, a sus 19 años, fue despedida de un periódico por negarse a hacer una crónica mentirosa en favor de un líder político regional. El director del diario intentó justificar el “úcase” diciendo que los periodistas eran unos “mercaderes de la palabra” (“No se escupe en el plato donde se come”). La respuesta de Oriana fue contundente: él podía seguir comiendo en ese plato, pero ella, al ver cómo sus colegas suavizaban sus preguntas, alteraban actos, hechos y textos para no incomodar a políticos y gobernantes de turno, prefería morirse de hambre antes que vender su pluma.
Afirmó que la labor del comunicador es estar siempre frente al poder, nunca al lado de él. Al final de sus días, cuando algunos colegas criticaban la manera dura y directa (“políticamente incorrecta”) como ejerció el periodismo, ella los tildó de cobardes y les enrostró sus postizos reportajes, sólo hechos para agradar a las tiranías de su tiempo y caer postrados ante la prebenda palaciega (“Peores que el propio régimen que defendían”). Un periodista que acepta halagos, regalos y “raros” estímulos de un político o gobernante, pierde la autoridad moral para exigir y mostrar la verdad. Estos mercenarios mediáticos no solo son informadores mediocres, sino cómplices de la vileza y traidores a las causas justas que defiende el periodismo crítico y libertario. Lejos de rankings falaces, cifras mañosas y conceptos fuleros, Oriana se definía como “una periodista desobediente”.
Estos son algunos axiomas que enarbolaba “La Casandra de Occidente”: “El poder tiene mucho de inhumano y odioso… El objetivo de un comunicador social debe ser el de desenmascarar a quienes falsamente ejercen el poder… Un periodista que busca los favores de un político o gobernante deja de ser un reportero para convertirse en un cortesano… La condescendencia y la adulación son una traición a la verdad… Cuando un periodista se arrodilla ante el déspota, la libertad muere… Hay momentos en que el silencio se convierte en culpa y el habla se convierte en deber”.
